Traducir página y relato

viernes, 15 de junio de 2012

Cita en el hotel. Por Víctor Alós Yus.




Estuvieron hablando un buen rato.

La cosa no estaba del todo clara, desde luego.

Unas veces era ella la que no quería continuar con esos cafés furtivos.

En otras, él la alentaba a seguir caminos opuestos, a distanciarse.

En todas, el otro aseguraba que no podría soportar, en esos momentos, alejarse de su pareja clandestina.

Y todavía no había ocurrido nada entre ellos. Nada más que miles de confidencias, de las que no se hacen a cualquier persona y que consiguieron que su acercamiento fuera más intenso cada vez.

Se miraron durante unos segundos, y lo tuvieron claro. Algo tenían que hacer.

Cuchichearon un momento.

Ella parecía que no aceptaba lo que él acababa de sugerir.

Pero se levantó con él y subieron hasta la recepción.

Cogieron una habitación y se dirigieron al ascensor.

Él temblaba. Ella más.

No es que él estuviera más tranquilo, es que podía controlarse mejor.

Cuando se cerraron las puertas del ascensor, la besó apasionadamente. Sus manos buscaron su cuerpo y ella se entregó totalmente.

Apenas 25 segundos, lo que tardó el ascensor en detenerse.

Llegaron frente a su habitación con las manos cogidas, los corazones desbocados y la respiración entrecortada.

Él la invitó, cortésmente, a pasar a la habitación.

Cuando cerró la puerta, la cogió con fuerza, desde atrás, rodeando su cintura con sus brazos y depositando cien besos en su cuello, oliéndola, sintiéndola mientras su temblor aumentaba.

Subió los brazos y colocó las manos sobre sus pechos. Comenzó a acariciarlos, buscando los pezones que se resistían bajo las copas del sujetador.

Ella suspiraba y sentía renacer el deseo. Más cuando él apoyó su ingle en sus glúteos y pudo notar la erección que se había despertado en él.

Se zafó de la presa y se encaró con él.

Se besaron mientras avanzaban y lo tumbó en la cama. Le bajó los pantalones y el calzoncillo y su mano comenzó a jugar con su miembro.

Después, lo introdujo en su boca, disfrutando de los breves espasmos que experimentaba él.

A los pocos segundos, él la apartó, con ternura. No quería que la cosa terminara tan pronto, y la excitación entraba en un momento álgido.

Ayudó a su pareja a quitarse la blusa, y ella se quitó el sujetador, dejando en libertad sus pezones, erectos, buscando una boca que los besara.

Él no se hizo de rogar, y antes de quitarle los pantalones y las bragas, se entretuvo con ellos, provocando que ella se sintiera desfallecer.

Se tumbaron uno frente al otro, mirándose, casi sin atreverse a tocarse y se fundieron en un beso.

Las manos de él buscaron su sexo y comenzaron a acariciarlo. Lo notó húmedo y caliente, con ganas de ser penetrado.

Por el momento, fueron los dedos los que iniciaron ese viaje mientras la boca de él recorría, sin ánimo de parar hasta su destino, la piel de su amante.

Su lengua tomó el lugar de los dedos y en unos minutos, el cuerpo de ella se arqueó, víctima de la descarga de placer.

Con un nuevo beso, él entró en ella y no tardó en acompañarla, mientras ella recibía, de nuevo, la llegada de un orgasmo.

Después permanecieron abrazados. Las manos de ella acariciaban el pecho de él, mientras que él se recreaba en los maravillosos ojos de ella y acariciaba su piel.

Hablaron cerca de una hora, y después decidieron vestirse.

Lo que sucediera después, fuera lo que fuera, no conseguiría estropear nunca ese momento.

lunes, 11 de junio de 2012

Ama. Por Trix Domina (Diana Muñiz).



El olor de la cera quemada se introduce por mis fosas nasales y ya no sé si la neblina que empaña mi visión es real o son brumas que enmarañan mi mente y juegan con ella como un gato juega con un ovillo de lana. ¿Un ovillo de lana? No, un ratón. Un ratoncillo asustado que sabe que por mucho que corra no tiene escapatoria y aun así persiste en su empeño, alargando su agonía.

La mordaza ahoga mi grito de dolor cuando la cera caliente se derrama sobre mi pecho. Arqueo la espalda y alzo el pecho. Intento evadirme, pero la presa de mis manos no sabe de piedad ni cede ante mis ruegos. Porque… quiero escapar, ¿verdad?

El dolor. «A nadie le puede gustar el dolor», recuerdo tu comentario, amor mío. ¿Por qué estoy haciendo esto? «No está bien», me digo, y sé que es la mordaza la que impide que lo diga en voz alta. No importa que la erección se acreciente a cada instante y sea una tortura en sí misma al comprimirla en la estrecha prenda de cuero negro.

Si pudiera soltarme…

No es solo la mordaza. No son solo las esposas. Me siento tan… humillado, indefenso. Soy como un muñeco y, mírala, ella se ríe, disfruta con todo esto. Porque lo sabe, sabe que de verdad es el Ama.

Aparto la mirada de ese par de senos turgentes que me contemplan desafiantes, enmarcados en brillante látex negro. Busco cualquier cosa que me recuerde quién soy, que me permita aferrarme a mi condición de ser humano y no me reduzca a un mero pedazo de carne. Tu cara sonriente me responde desde la foto familiar, cariño, con nuestra pequeña en brazos. «Esto no está bien», me repito y aprieto la mordaza con los dientes y cierro los ojos con fuerza cuando la cera cae sobre el tanga que cubre mi hombría en toda su holgura.

Si pudiera soltarme…

Ella me contempla con ojos viciosos a través del anonimato que le confiere su antifaz. Sonríe, libidinosa, mientras inclina la vela sobre mi abdomen. La gota de cera roja se recrea y cae, escurriéndose por el tallo del cirio con agónica lentitud, antes de desprenderse y quemar mi piel. Gimo de nuevo. Pero esta vez, el dolor es aplacado por la saliva cálida de una lengua hambrienta. Bajo la vista y la veo allí. Jugando. El gato que juega con el ratoncillo indefenso.

Si pudiera soltarme…

—Te has portado mal —me dice, y su voz tiene la cadencia grave y sensual del terciopelo al deslizarse sobre el raso—. Necesitas ser castigado.

Grito en silencio cuando sus uñas felinas penetran mi piel, rompiéndola. La sangre se desliza por la herida abierta. Ella la caza con un movimiento rápido y preciso de su lengua y la traga con una sonrisa de suficiencia. Se inclina sobre mí, se frota contra mi miembro y creo que voy a enloquecer. Él late, crece, palpita y duele. Protesta y pelea por su libertad, pero su lucha es vana.

Si pudiera soltarme…

Si pudiera soltarme arrancaría la capa de látex que cubre ese cuerpo pecaminoso. Devoraría esos pechos como si fueran mi última cena y daría la ansiada libertad a mi maltrecho compañero enseñándole aquello que debería comprimirle. Y la haría gritar. ¡Oh, sí! Gritaría y me pediría más. Mucho más.

—¿Quieres más? —me pregunta mi Ama, paseando un pezón a la altura de mis labios. Tan cerca y a la vez tan lejos. Su mano se pierde en mi entrepierna acariciando al dolorido cautivo, aumentando su rebeldía y sus ansias de libertad—. ¿Y si soltara esto? —dice, jugueteando con los cierres de la prenda—. Se me ocurren muchos juegos divertidos… Aunque podría seguir así. Viéndole crecer. ¿Podrá el cuero resistir toda la presión a la que está sometido? Podría jugar a ver si puedes liberarte tú solo. Creciendo y creciendo…

Sus labios se pasean sobre el cuero, prometiendo cosas que no van a cumplir pero que creo y anticipo. Y las leyes de la física se rompen de nuevo: algo tan grande no puede crecer más, y aunque parezca mentira sigue creciendo.

—¡Mamá! ¡Tengo pis! —La aguda voz de Irene nos devuelve a la realidad.

María se quita el antifaz rompiendo así el hechizo, y se apresura a buscar una bata para cubrir su disfraz mientras abre la puerta y desaparece por ella.

—¡Ya voy, cariño! —La oigo gritar por el pasillo.

Y me quedo allí. Solo. Atado, amordazado y aún torturado por mi propio cuerpo. «¡La próxima vez, se queda con mis padres!».



Lunes por la mañana. María prepara el almuerzo a su marido, Ramón, y le despide con un beso en la mejilla y una sonrisa cómplice. Luego vuelve a la cocina y prepara el desayuno para Irene, su pequeña de tres años. Nadie sabe que bajo esa camisa impecablemente planchada, Ramón oculta las cicatrices de una noche de pasión. Y es que María está orgullosa de ser una perfecta ama de casa.

En todos los sentidos.

viernes, 8 de junio de 2012

Jueves contigo. Por Susana García Rodríguez, "Suskiin".



Bianca no era su nombre, pero eso no importaba. Cuarenta años, dos niños, una casa y un marido que echaba tripa. La colada, la plancha, el super y sellar en la oficina del paro. Llevar a los niños a clase de música los miércoles y el polvo semanal los sábados por la noche. Una vida como cualquier otra, marcada por el tedio y la rutina. Pero Bianca, que no se llamaba Bianca, tenía un secreto que la ayudaba a seguir tarareando canciones mientras se ocupaba de todas esas obligaciones.

Los jueves por la tarde, después de fregar los platos y antes de recoger a los niños, Bianca, que no se llamaba Bianca, se duchaba, cambiaba los pantis por unas medias de blonda negras y salía de casa con gafas de sol y un largo abrigo negro. Cogía el metro, mezclándose entre el anónimo pasaje, bajaba en una estación que llevaba a un barrio del que solo conocía una dirección. Llamaba a un timbre de una escalera anodina y subía al tercer piso primera puerta.

Toni no se llamaba Toni pero eso no importa tampoco. Toni se duchaba y arreglaba su pequeño apartamento porque sabía que, todos los jueves a la misma hora, Bianca, cuyo verdadero nombre desconocía pero no le importaba, llamaría al timbre. Aquella breve visita, carente de conversación, le mantenia de viernes a jueves a salvo del aburrimiento de una vida carente de emociones.

Bianca entró por la puerta que Toni dejó ajustada. Dejó el largo abrigo y el bolso colgados del perchero del recibidor. Bajo la ropa de calle, solo vestía un escueto conjunto de sujetador y tanga, y sus preciosas medias de blonda. Se movió por la penumbra del pequeño apartamento, donde todas las persianas estaban bajadas, con el silencio de todos los jueves. Toni, sentado en el sofá, desnudo, la esperaba. Bianca se arrodilló entre las piernas separadas de él y acarició el miembro que, debido a la anticipación, ya estaba completamente erecto. Oír el ligero chirrido de las bisagras de la puerta lo excitaba. La lengua de ella buscó la entrepierna masculina, lamiendo la tierna carne y haciendo gemir a Toni. Sus labios acariciaron la punta de su miembro como quien come un helado sabroso, haciendo que él gimiera con más pasión y apoyara sus manos sobre la cabeza de ella. El miembro de él se adentraba cada vez más profundo en la boca de ella, hasta que el sensitivo glande tocaba el fondo de su boca, produciéndole un ligero amago de náusea. Incrementaban la cadencia de los movimientos de su boca sin mirarse hasta que él lanzaba un grito gutural y ella, impasible, saboreaba los latigazos de semen que inundaban su boca.

Mientras ella se aseaba en el baño, él se reponía de aquel orgasmo, preparado para seguir jugando hasta que, a las cinco en punto, ella se vestiría en silencio y marcharía sin decirle adiós. Nunca follaban en la cama, siempre sobre el raído sofá de su apartamento de divorciado. Nunca hablaban, solo gemían. No se abrazaban, no se besaban, ni siquiera se acariciaban. Era sólo sexo. Puro y duro. Él se sumergía entre las piernas de ella, lamía su clítoris encendido hasta que ella, casi sin aliento, se colocaba a cuatro patas para que el la penetrase, por delante primero, por detrás después. Sus lenguas jamás se tocaban, aunque conocían cada centímetro del resto del cuerpo del otro. No se miraban a los ojos y no conocían sus voces. Todas sus conversaciones eran por escrito, a través del correo electrónico, que les ayudaba, a veces, a esperar con más ganas los jueves.

Tan puntual como siempre, Bianca, cuyo nombre podría ser cualquier otro, se duchaba rápidamente para eliminar el olor a sexo, se envolvía en su abrigo, cogía el bolso y salía de aquella casa con paso firme, sin mirar atrás. Toni no se duchaba, disfrutando del olor de ella en su cuerpo que, con algo de suerte, lo acompañaba a la cama por la noche. Algunas veces soñaba con ella... La soñaba en su cama e imaginaba cómo sería besarla, como sabrían sus labios.

Bianca regresaba entre los pasajeros del metro acurrucada en su largo abrigo, imaginando cómo sería besar a Toni en los labios. Enseguida borraba ese pensamiento y recordaba los momentos pasados juntos esa tarde, cosa que la excitaba. Antes de recoger a los niños en el colegio, se detenía en casa para cambiarse de ropa y regresar a sus pantis de lycra y sus bragas de los chinos. A veces, de tan excitada que llegaba, se masturbaba a oscuras en el baño, reviviendo la tarde pasada con él.

Cualquier tarde no volverían a verse, por el motivo que fuese, pero mientras tanto tenían sus jueves silenciosos, su lado oscuro, su secreto. Y aunque fuera tan breve, solo por ello, se sentían con fuerzas para sobrevivir a otra semana de aburrida monotonía.

lunes, 4 de junio de 2012

Serial Killers. Por Víctor Miguel Gallardo Barragán.


Yo no sabía por qué estaba allí, por qué había querido estar allí. Reunión de antiguos alumnos, un eufemismo placentero para definir una lucha de varias horas entre el alcohol y los egos. Habían pasado diez años desde que nuestra promoción se graduó; éramos los mismos de entonces, pero de forma sutil también éramos diferentes. Quien más y quien menos había engordado o encanecido, no me refiero a eso: los cambios no estaban tanto en la superficie como en el interior de cada uno. Los caracteres, algunos, se habían agriado por el peso de una década de precariedad laboral y sueños deshechos en las espaldas. Los matrimonios habían hecho acto de presencia, y también la maternidad, aunque esta siempre por debajo de lo esperable dada la crisis económica que maniataba las esperanzas de ser padres de los más cautos. La treintena pesaba para unos y otros, para los que ya eran padres y para los que no podían permitírselo, e incluso para los que no se preocupaban por ello, y para todos la edad empezaba a ser una losa. Los casados miraban de reojo a los solteros, envidiándolos, y estos hacían lo propio con los poseedores de anillos de oro o platino, todos sujetos a las reglas de un juego estúpido que asemeja al cuento de la vaca y los prados más verdes de más allá del vallado.

Yo no, yo era feliz en mi inconsciencia, en mi devenir diario que asemejaba más al de un estudiante de dieciocho que al de un asalariado de treinta y tres. La litrona en el parque, el cine-club universitario, las escapadas a calas indómitas con amigos, todo parecía anclado en el pasado excepto yo mismo en mi continente, cada vez más calvo, cada vez más gordo, cada vez más satisfecho conmigo mismo y más cínico para con los demás. Pero seguía preguntándome por qué estaba allí, por qué había querido estar allí justo esa noche, rodeado de las tristes y ajadas sombras del pasado que eran mis antiguos compañeros de facultad, lo que quedaba de ellos.

Hasta que la vi entrar a ella en el pub. Fue entonces cuando recordé, sin asomo alguno de duda, que mis pasos habían sido guiados, desde el mismo momento en que recibí la invitación en mi correo electrónico y hasta que traspasé el umbral del bar con una falsa sonrisa de reconocimiento de oreja a oreja, por sus ojos, sus labios y su pelo, que me llamaban desde la distancia de aquellos diez años con la fuerza inhumana del amor no correspondido, del deseo insatisfecho.

¿Qué la guiaba a ella hasta allí?, me pregunté mientras, esta vez sí, sonreía de forma sincera y le estampaba en sus mejillas los dos besos de rigor.

Bea estaba guapa. Siempre había sido una chica guapa, guapa sin aspavientos, de esas ante las que no te giras en la calle. De las otras, de las que, en noches de borrachera con amigos, reciben tus ebrios mensajes de texto farfullando obviedades, pidiendo torpemente un poco de atención. “Me estoy acordando mucho de ti esta noche”, recuerdo que le escribí con mi móvil en una ocasión, cuando en el culmen del trinomio botellón-bar de chupitos-discoteca me descubrí pensando en ella y no en otra. “A ver si quedamos para tomar un café”, otro mensaje recurrente que ocultaba las verdaderas intenciones, las de tomar todos los cafés del mundo cada mañana del resto de nuestras vidas, juntos y arremolinados en torno a una mesa de cocina con tostadas recién hechas.

Bea estaba guapa y yo, al recordar todo esto, suspiré. “¡Amores de juventud!”, me dije, observando condescendiente a mi yo del pasado. Después de una década, Bea estaba guapa y yo más calvo, más gordo y mucho más seguro de mí mismo. Me gustaba el cambio.

De repente todos desaparecieron para mí. Aquello ya no era una reunión de compañeros de clase, sino una cita con Bea, una cita en la que el resto de la gente formaba parte de la morralla que en toda red de pescador aparece. No cabía la posibilidad siquiera de considerarlos como público, eran más bien el atrezo tosco, en algunos casos incluso desagradable, que algún chistoso dios había querido para nuestro reencuentro. Bea también pareció notarlo, y desde un primer momento, y tras haber saludado cortésmente a la piara de treinteañeros, buscó mis ojos con una súplica inaudible.

Guns´n´Roses sonando a destiempo en los bafles del local. Pasamos a una vieja balada de Roxette, y yo me acerco a ella, deposito mi copa cerca de la suya, y me intereso por su vida. Ella habla y habla, acercando mucho sus labios a mi cara. ¡Bendita música de los noventa, con sus altibajos portentosos! ¡Enhorabuena, deejay de baratillo, por atronarnos a conciencia! ¡Gracias, concejalía de Medio Ambiente, por no interferir en mi noche de gloria! Ella hablaba de la relación con su chico mientras sonaban Scorpions. De su trabajo mal pagado en una editorial mientras yo seguía el ritmo de Kula Shaker con los pies. Nos encaminamos a la segunda copa (ginebra yo, ron ella) al tiempo que aparecían los primeros acordes de los inefables U2. Cuando Blur, Oasis y Supergrass entraron a escena ya estábamos tan cerca el uno del otro que lo difícil era no tocarnos. Y, en las distancias cortas, ella seguía estando guapa, tan guapa como sólo una mujer de treinta y tantos puede estar.

La tercera copa llegó a nuestras manos, y ya no había marcha atrás. Yo dije algo inconveniente, algo que hizo referencia a mi enamoramiento de entonces y al deseo de ahora, y, sin dejarla reaccionar, di la vuelta y me fui hacia el aseo. Allí me tomé todo el tiempo del mundo mientras, fuera, sonaban más éxitos mustios de VH1. No las tenía todas conmigo, esa es la verdad, cuando abrí la puerta para enfrentarme a la oscuridad del local, encomendándome, yo, que no soy religioso, a todos los santos del almanaque; pero ahí estaba ella, apoyada en el quicio de la puerta del baño de señoras y con su ron a medio beber en la mano, mirando nerviosa alternativamente hacia la barra y hacia mí, como si quisiera cerciorarse de que nadie la observaba esperar. Yo me acerqué y ella abrió la puerta del aseo. Dio dos pasos a su interior y se volvió para sostenerme la mirada. No quedaba otra cosa más que recoger el guante, traspasar el umbral y cerrar la puerta tras de mí.

Entonces, hace diez años, yo jugué su juego. Ahora ella haría lo propio con el mío.

Bea dejó el cubata sobre el lavabo y, de espaldas a él, apoyó sus manos en el granito del que estaba hecho con los brazos muy pegados a su espalda. Avancé hasta ella y puse dos dedos en su cintura. Acerqué mi cabeza a la suya y, con la mano libre, aparté el pelo castaño de su cara.

—Sólo te tocaré cuando me lo pidas —le dije, acariciando con mis labios casi su oreja mientras que, contradiciendo mis palabras, mis dos dedos en su cintura se deslizaban unos centímetros hacia su espalda.

Ella no pestañeó, y yo tuve la certeza de que estaba segura de no llegar jamás a ese extremo. Volví a inclinarme hacia ella.

—Estamos en los lavabos de un garito para gente de nuestra edad, no seríamos los primeros en enrollarse aquí. Estoy seguro de que estas baldosas y estos azulejos han sido testigos de bastantes cuernos. Pero yo no quiero enrrollarme contigo. Ya no tenemos veinte años, ni estamos enamorados. Yo quiero follarte.

Mordí suavemente el lóbulo de su oreja, y ella puso instintivamente una mano en mi pecho. Yo di un paso hacia atrás, apartándome.

—No me has entendido, Bea. Llevo queriendo besarte desde la primera vez que te vi. Las clases ya habían empezado unas semanas antes, pero tú te habías matriculado a última hora, y encima llegaste a aquella troncal cuando ya había empezado la clase. Yo todavía no existía para ti, pero fue verte traspasar la puerta y pedir permiso para entrar con voz nerviosa y yo di un respingo en la silla. ¿Sabes por qué? —Bea ignoró que era una pregunta retórica y movió dubitativamente la cabeza— . Yo por entonces tenía novia, y quería ser fiel sobre todas las cosas. Ya llevábamos dos semanas de clase, y yo ya conocía al resto de compañeras, y estaba seguro de que no sentiría la más mínima atracción por ninguna de ellas, ni por las guapas ni por las menos guapas. Pero fue verte y supe que tú sí me podrías meter, si hubieras querido, en un embrollo. Y entonces, mientras caminabas hacia el final de la clase, que es donde te sentaste, yo no podía dejar de desear que fueras tonta. O que fueras una antipática. Pero no, no tuve tanta suerte, porque no eras ni lo uno ni lo otro. Y me enamoré de ti.

Bea se separó unos centímetros del lavabo, pero yo me abalancé contra ella, empujándola de nuevo contra él y hundiendo mi rodilla entre sus piernas. La levanté un poco con fuerza, incrustándola contra su sexo. Ella se estremeció.

—Entonces me hubiera bastado con un beso, con pasear cogido de tu mano, pero ahora quiero follarte. Y quiero que me lo pidas -señalé con la cabeza a la cisterna— . ¿Ves esa cañería? Me gustaría atarte las dos manos con mi cinturón, y pasarlo por ella. Y así, con las manos en alto, arrancarte la ropa, dejarte totalmente desnuda —volví a hacer presión con la pierna mientras que con una mano le acariciaba el cuello— y después sacármela y masturbarme unos minutos ante ti.

Bea echó la cabeza hacia un lado, evitando mi mirada y totalmente ruborizada. Yo la agarré del pelo y la obligué a volver a mirarme.

—Eso no sería todo. Te tocaría, vaya que si te tocaría. Tú seguirías atada, y yo te daría la vuelta contra la pared, separaría tus muslos y te la metería desde atrás, con una mano agarrando con fuerza tu culo y la otra pellizcándote los pezones. Te dolería un poco, pero te juro que merecería la pena, vaya que sí.

Metí una mano bajo su camiseta y la subí hasta encontrar el exiguo sujetador de algodón. Tiré de él hacia mí y descubrí un pequeño pecho y un pezón erecto. Lo sujeté con fuerza mientras volvía a morderle, esta vez con más fuerza, su oreja.

—Solo tienes que pedírmelo y te follaré. Te dejaré elegir dónde correrme, aunque yo creo que sé lo que elegiría —le susurré mientras mi mano dejaba el pecho y, sujetando la suya, la obligaba a agarrar por encima del pantalón mi pene henchido— . Creo que lo que más me gustaría sería, después de follarte unos minutos, subirme al inodoro y correrme sobre ti. Sobre tu pelo, tu cara, tus pechos, sobre toda tú, desnuda y atada a la cañería de la cisterna.

Bea sollozó, y yo aparté su mano y le desabroché el pantalón vaquero. Metí hábilmente una mano dentro de sus bragas, y mis dedos llegaron con facilidad a su sexo. Estaba empapado. Metí el índice y el corazón con suavidad en el interior de su coño, y Bea se abrazó a mí mientras se movía arriba y abajo, forzando la penetración.

—Fóllame, joder, fóllame.

No la até a ninguna cañería, ni la desnudé completamente. Era un aseo público, y aunque parecía limpio no podía estarlo por completo, ¿por quién me habéis tomado? Hace diez años me habría bastado con un beso suyo, o con pasear de su mano, pero ahora, en el baño de aquel pub, y mientras nuestros compañeros se pedían la penúltima copa a tan solo unos metros de allí, yo me contenté con ponerla de espaldas a mí y follármela con ganas, con las ganas acumuladas en una década y algo más. Y, tras acabar, y cuando por fin me atreví a regalarle un beso, el primero y último, pude comprobar que, efectivamente, Bea estaba guapa. Sobre todo ahora, después de correrse mientras yo la penetraba por detrás.

viernes, 1 de junio de 2012

Los anhelos de María. Por Cleopatra Smith Martín.



María era virgen, pues no conocía varón. Su cuerpo nunca sintió el peso de hombre sobre ella, ni la pasión de un macho enardecido al tener entre sus manos su cuerpo desnudo rebosante de lujuria, de deseo y de candor, pero que ella guardaba con mucho celo para el hombre que la haría mujer, y al cual ella se daría sin recelo ofreciéndole todos sus sabrosos rincones, ávidos de dar y recibir placer… Porque, a pesar de ser pura, su cuerpo había nacido para el pecado, aunque ella lo guardaba bien, para aquél que su corazón eligiera para que la poseyera, y al cual ella le entregaría sin remilgos los ardores de sus entrañas, los deseos que habitaban en sus salvajes instintos, y sus crecientes ganas de vibrar, gemir, gozar, de ser penetrada por su macho de todas las maneras habidas y por haber, como buena hembra en celo que no conoce la saciedad en temas de placer…

Pero a pesar de ser virgen, gustaba de provocar, seducir, excitar… Por ello, María, como todas las mañanas, salía de su casa cesta en mano, con pícara sonrisa en sus sensuales labios, y unos pechos que, turgentes, bailaban generosos por su escote semi desabrochado; los pezones duros desafiaban a los jóvenes y no tan jóvenes que la esperaban a la entrada del mercado para verla pasar, y a los cuales el deseo les crecía entre las piernas al oler su perfume de hembra cuando ella, sabedora de su poder, les pasaba casi rozando contorneando sus caderas dentro de ese vestido que dejaba entrever sus curvas, pues entre el vestido y su piel, nada había que ocultara sus secretos de mujer… ¿Y ella? Ella posaba sus ojos en esa parte abultada de sus pretendientes, y se sonreía gustosa, y viciosa se relamía y mordía el labio inferior, algo que a ellos les excitaba sobremanera, pues soñaban con sentir esos jugosos labios en sus miembros erectos, a la vez que sentir el calor de ellos al acariciarlos y envolverlos… hacia arriba, hacia abajo, rodeándoles con ellos y su grácil lengua sus tallos en flor, para saborearlos bien antes de chuparla hasta el fondo y golosa tragarse con fruición todo ese placer que iban acumulando mientras, mirándolos a los ojos, los haría y hacía enloquecer, sin siquiera tocarlos, sin siquiera rozarlos, sólo con su aroma, sólo con insinuar, lo que podría ser… Y ellos, que casi podían correrse de gusto sólo con imaginarlo, babeaban haciendo con su abultada entrepierna el reclamo de esa hembra, deseando ser los elegidos para poseer el cuerpo de María, ese ángel o demonio que a todos pervertía, y enloquecía…

Hombres del pueblo que cada mañana hacían cola a la entrada del mercado, donde María todos los días hacía acopio de sus gustos, y compraba los motivos de su propio placer… Ese exquisito y apetecible plátano oloroso y de tamaño justo, que haría las delicias en su boca, al salir, al entrar, y que al roce de su lengua acrecentaría el calor entre sus piernas, las cuales abriría sin dudar… Ese excelente pimiento italiano, largo y suave, con las arrugas perfectas para rozar sus labios inferiores, simulando unas venas llenas a rebosar, y acariciarse ese punto tan especial con él, haciéndola extasiar y desear más, preparando la entrada para ese goce final… Ese pepino de justo grosor y dureza, similar al de una dura verga empalmada, con el que al fin se penetraría hasta el fondo, con un sexo que ya estaría bien mojado por los jugos de sus más ardientes deseos, imaginación e ilusiones, y que metiéndolo una y otra vez, y hasta el fondo, iría acrecentando el ritmo a la par de sus jadeos, lubricando el vegetal que entraba acertado cada vez con más facilidad, y que con el acelerado vaivén de su mano no tardaría en llenarla de gozo, haciéndola contornearse, gemir, temblar y que, apretándolo con sus muslos, gritaría de puro gusto al llegar al clímax, una noche más… Pues María era virgen de varón, pero no de los placeres que la naturaleza ponía todas las noches a sus expensas en su cama, que también en su mesa.

Y sin vergüenza ni pretender esconderlos, salía erguida y provocativa tras comprarlos, contorneando esa parte tan femenina de su anatomía, que debería de estar prohibida, por sugerente, por divina, y cruzaba el arco del mercado insinuante para nuevamente hacerles a todos desfallecer, con lasciva mirada en sus ojos, al mostrarles a todos en su cesta orgullosa los falos que, como cada día, había elegido para compartir sus calientes delirios de deseos, de lujuria, y de placer; con los cuales siempre se desahogaría, cada noche, hasta que su cuerpo eligiera con atino al afortunado, a aquél que por fin se la beneficiara y la hiciera enloquecer, tanto como ella deseaba y era su más profundo querer.…
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