Traducir página y relato

martes, 31 de enero de 2012

Harén animal. Por Joana Abrines.



Ella cambia su tristeza por la más pura alegría cuando su cuerpo es amado sin urgencia. Es discreta y se deja hacer mientras su amante como un perro lame su vulva hembra. Le aprieta los glúteos y le muerde la piel hasta que sangra superficialmente. Mientras ella acaricia su centro, él relame las gotas de sangre que se deslizan por su pecho.

Ahora el abajo es arriba. Los dedos del pie, la rodilla, el muslo, el lado derecho del vientre, el círculo del ombligo y con tino se come la polla del que no ha detenido su discurso. Como dos animales desgarran un segundo de placer a su rutinaria existencia. Gimen y detienen la marcha voluntariamente.

Él se hospeda en el agujero que ella le deja libre como si fuera una madriguera y su anular lucha por existir en su agujero negro. La llama “puta” y ella obedece al ritmo de sus latidos. A la inversa, caminan en un lecho de rosas y espinas hasta que sinuosamente llega la serpiente cascabel sin hacer ruido. Silban al unísono. El orgasmo nace por selección natural mientras sus pechos aprisionan al capullo macho. Su lengua dibuja el camino de la lluvia dorada que traga y calla.

Extasiados se besan todos los poros abiertos y se palpan todas las respiraciones animales antes de revivir la virginidad de sus cuerpos. Duermen desnudos y a la mañana siguiente se despiertan con la luna llena atravesando su balcón coloreado. Ella le concede un deseo: "ahora, puedes pedirme lo que quieras". Y él sella su boca en honor a la evolución de las especies.


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Nota: El vídeopoema que acompaña al texto pertenece al colectivo Impar(3 en 1), al que la autora pertenece.

lunes, 30 de enero de 2012

Mein lieber Gewehr Mauser. Por Marco Antonio Raya.


Le arde en las manos: casi 8 mm de pura energía silente, declamada desde el antaño de su propio invierno de batalla. Una honrosa estabilidad en el tiempo y sin duda una sonrisa, una quemazón. Debe ser eso que llaman los vulgares la virtud del aplazamiento. El anciano considera que ha llegado el momento y así es: es ahora.


Y es que el rostro brilla, dirían algunos. Es normal, unos dicen que es la señal de Dios. Otros que es la sombra del hombre: pura vida cromosoma. Otros le llaman el placer de Onán y sus secuaces. La semilla. El abismo. Así que el abuelo se lamenta de sus días en la tierra, cogiendo kilos y soltando espuma por la boca. Para qué quiere a sus nietos. Para qué lo quieren a él. Que les jodan. Que reviente. Mira lo que tengo, providencia.


Un instrumento divino. Una extensión de los ángeles. Un rifle, un verdadero Mauser 98, un regalo de la vida. Lo consiguió como herencia de un amigo. Un verdadero amigo y tanto más que aún se estremece. La tiranía de las formas en ese quiste que es el ombligo de la memoria. Cuántos recuerdos hay en esa caja, ese pequeño ataúd cápsula de tiempos mejores. Procede a abrirla. Extrae el arma. Mauser, tú sigues a su lado. Mauser.


Lo mira, lo acaricia. El temblor de sus dedos desaparece. La madera parece esperarlo, con una secreta boca abierta, con la desesperanza del objeto. Lo mira de nuevo, y amorosamente lo cubre, poco a poco, desde el pequeño plato que ha dejado preparado sobre la mesa, de aceite.


Respira y piensa. Retrocede. Acerca y aleja sus ojos. Ni parpadea.


Calcula.

Desea.


Y se decide.


Se quita la correa, los pantalones, fuera jersey y camisa beige, sólo permanece la interior de tirantes. Los calzoncillos. Los calcetines. Cabecea sobre las pantuflas, que el suelo está helado y no son horas. Mira el arma, la acaricia. La ropa se ha manchado con el aceite pero le da igual, se halla en éxtasis lúbrico desde que empezó. Lo pasa por su rostro, lentamente. Huele a corazón, a ansia. Lo desliza por sus curvas, lo pasea por sus arrugas de gallina vieja que le hacen sitio como una masa de tarta inverosímil. El rifle está frío y duro para sus setenta y cuatro años, pero eso no le detiene: son de la misma fe. Introduce la punta de la lengua en el cañón con ese olor a hierro y el sabor levemente picante. La desliza en círculos y gime casi imperceptiblemente. Lo mira por delante y por detrás, de lado, por abajo y por arriba, como el cuento aquel del elefante. Intenta hacerlo sonar, pero no puede, porque no hay ni una sola pieza suelta. El aceite forma una capa mórbida en cada pliegue de su piel. Nota un rubor, una suerte de terremoto épico. Allí abajo ha habido vida por un momento, capitán. Esto hay que aprovecharlo. Vamos a la parte de atrás, allí donde se hacen todos los tratos. Y se van juntos. Disfruta. Balbucea palabras y se enciende, porque la vida hubiera vuelto al erial. Perséfone. Entra aquí y sal, repite conmigo: nos estamos zumbando al portero del infierno.


Así que vemos al abuelo como extensión del rifle. De elasticidad asombrosa, una bayoneta de pura carne y vejez. Pero muy viva. Y engrasada. Parece hasta fácil esta bonhomía, esta comunión con el tiempo en casa del herrero de Sodoma.


Lo difícil es explicar la visión que sus hijos se llevarán a la tumba, a la suya, a la de todos.


Porque sucede: la llave que gira, lo inesperado del calendario, las deshoras. A cualquiera le sorprende. Tenía que ser hoy. Que no era día de visitas. Hoy, que quién olvidaría su propio cumpleaños. A horcajadas, ensimismado y con una erección memorable, no hay quien olvide ese momento del humano rampante.


Bajo las bocas de buzón de sus padres, con las serpentinas y las bolsas de chuches en las manos, los nietos han quedado congelados en el recibidor.


Dicen:


Papá.


¿Quién le ha metido eso ahí al abuelo?

jueves, 26 de enero de 2012

Ventajas e inconvenientes. Por Ricardo Manzanaro.



La tía estaba de quitar el hipo. Gracias a su cubierta corporal no le hacía falta la ropa, y así resultaba aún más sensual. Cada curva de su silueta brillaba, más bien deslumbraba, cuando se cruzaba en el camino de alguna de las luces de la discoteca, destacando así su perfecta anatomía. El hiperflexible cuello le permitía repartir miradas insinuantes, abarcando así un amplio ángulo, en busca de algún tío potable entre tanto baboso y cutre-ligón sacado de comedia española de los 70. De pronto sus órbitas multicoloreadas se detuvieron unos segundos al descubrir a Alberto. Luego continuó con el barrido visual.

Tras finalizar la pesquisa se giró y comenzó a caminar en dirección a él. Su cuerpo variaba de color según se iba acercando. Por segundos la textura que tapizaba su cuerpo la hacía parecer rebozada en hojas secas, ser una flor de orquídea o una chica Freixenet. Se movía cimbreando las caderas y con los brazos ligeramente flexionados. Sus manos aterrizaron sobre los hombros de Alberto, anclándose con firmeza. Y, a su vez, él comenzó a pasear sus manos por aquella coraza reluciente. En ese momento una embriagante nube de feromonas viajó de la tía a Alberto, ocasionándole un desparrame de neurotransmisores y el consiguiente “ponersecomounamoto”.

Poco después los dos se revolcaban en la cama de la habitación de un hotel. Alberto manoseaba el duro y quitinoso tronco de la tía mientras a ésta se le desprendían capas de muda. Sus labios, formando un tubo, parecía que succionaban a Alberto cuando se morreaban. Mientras, en la testa de ella, las antenas vibraban sin cesar. Los sensuales movimientos de los segmentos de la mujer se tornaron espasmódicos cuando comenzaron a llegar al orgasmo. El ritmo lo marcaba ella, agarrando a Alberto con aquel pedazo de extremidades. En ese momento él pensó que lo de echar un polvo con un híbrido genético de mujer e insecto tenía sus ventajas.

Entonces, con un brusco movimiento de brazos y piernas, ella giró el cuerpo de Alberto 180º y lo sujetó con fuerza. Descomunales punzones surgieron de los brazos de la mujer, clavándose en puntos no vitales de la anatomía de Alberto. El grito de dolor del hombre quedó enmascarado por los chillidos de excitación de ella, que comenzó a perforar con frenesí el cráneo del chico. Éste pataleaba, intentando soltarse. Pero en las extremidades de ella aparecieron nuevos pinchos que no tardaron mucho en asaetear aún más a su compañero sexual. Por los boquetes abiertos en la cabeza ella se lanzó con fruición y gula a devorar los sesos de Alberto, que emitió un agudo estertor previo a fallecer.

No le dio tiempo a considerar que echar un polvo con un híbrido genético de mujer y mantis religiosa también presentaba algunos inconvenientes.

miércoles, 25 de enero de 2012

Ley y moral. Por Víctor Miguel Gallardo Barragán.




Casi no hemos tocado las cervezas. Nos miramos a los ojos, con la confesión todavía flotando entre nosotros. Me sostienes la mirada un segundo, después ladeas la cabeza, fijas tu atención en un lateral y sonríes. ¿Acaso no esperabas escuchar algún día lo que te he dicho? Porque yo sí, yo había imaginado mil veces tus palabras. Tal vez no así, tal vez de mil maneras distintas aunque parecidas.


No me importa. Has dejado tu mano demasiado cerca de la mía, sobre la mesa, junto a las aceitunas, y yo me apresuro a tocarte. Tú no te mueves, te limitas a dedicarme esa mirada tuya de “no lo hagas, pero sigue”, y yo te obedezco y jugueteo con tus uñas y tus nudillos, y digo algo que enseguida olvido y que puede significar cualquier cosa, desde un “te quise para mí desde que te vi” a un “sólo quiero follarte una vez”. Ya hemos roto la barrera, y ya sabemos, aunque asistamos incrédulos a este simulacro de representación teatral mal dramatizada, que lo hemos jodido todo, que pase lo que pase acabamos de cambiar las reglas del juego, a peor. Será imposible volver a quedar, alegremente, como dos amigos que quieren compartir unas cervezas y un rato de charla, sin más. Ya no podré volver a llamarte sin ningún motivo en concreto, sólo esperando escuchar tu voz, haciendo bromas estúpidas sobre el tiempo que hemos pasado sin vernos, sobre las borracheras que nos debemos. Sobrará todo, en especial las preguntas sobre tu chico, el trabajo de tu chico, el coche de tu chico, la afición al aeromodelismo de tu chico, que maldita sea lo que me importaba, importa e importará. Tú tampoco podrás preguntarme en el futuro por mi novia, sería igual de cruel, de innecesario, de hipócrita, ahora que has abierto la boca, envalentonada por mis palabras, para martillear mi cabeza con frases que no olvidaré hasta la tumba.


Si las cosas fueran distintas dices, y yo asiento y trago saliva. Si las cosas fueran distintas, pequeñaja, yo ahora estaría de pie, levantándote en volandas, en vez de estar aquí sentado con la lengua rígida y la mano derecha sobre tu izquierda. Noto la erección que llega y río mentalmente, porque si las cosas fueran distintas te estaría empujando al callejón que hay tras el bar. Conozco un portal tan oscuro como todos los deseos que he ahogado desde que te conocí. Tiene la cerradura rota, tan rota como mi estómago ahora mismo, tras ella podríamos tocarnos a destiempo y de la manera más torpe que se nos ocurriera hasta aburrirnos de su penumbra. Allí yo podría morder tu lengua y tú podrías abrazar mi cuello.


Si las cosas fueran distintas, claro.


Son cosas que pasan y la manida frase sale, por fin, de mi boca, y no me arrepiento porque, por una puta vez, es la verdad. Son cosas que pasan, pero igual estoy loco por tus hombros, y por tu pelo, y por la graciosa forma que tienes de doblar la nariz cuando te gasto bromas de mal gusto. Tu manera de hablar, tu acento, me provoca, se me aparece en sueños una voz con distinto timbre pero gemela a la tuya que me genera certeras pasiones que mojan mis sábanas de cuando en cuando.


Miro tu cuello, y luego tu boca. Y me quedo ahí un instante, fija la vista en la transición entre tus labios y tus dientes, tu lengua apareciendo y ocultándose cada poco. Vuelvo a tu cuello moreno, e imagino lamerlo, besarlo, morderlo, en tardes de siesta o madrugadas de insomnio, ebrios tras tanto tiempo de forzada distancia y sexo con otras personas. Mi mano sigue acariciándote, y tú me devuelves el roce. Nos sudan las palmas, y la humedad se mezcla, se convierte en algo íntimo que nos une más de lo que jamás hemos estado.


No sabemos lo que pasará mañana murmuras, y sonrío para mis adentros. Qué estupidez plena el confiar en que un cataclismo nos arrancará de nuestras cómodas posiciones, de nuestras vidas planificadas milimétricamente, para arrojarnos a los brazos del otro, a una vida en común con pequeños hijos morenos de ojos claros revoloteando alrededor de un perro grande y tonto, tú haciéndome café por las mañanas, yo llamando desde el trabajo para dejarte mensajes subidos de tono en el buzón de voz de tu teléfono. Vacaciones en la montaña con los cuñados, paseos en bicicleta por la ribera del Genil, tardes de cine y palomitas, facetas de un futuro juntos que, lo sabes de sobra, no va a llegar. No al menos si seguimos aquí sentados, mano sobre mano, esquivándonos las miradas de una forma más evidente cada segundo que pasa, cada vez más presentes las fantasmales figuras de nuestras respectivas parejas en los asientos libres de esta terraza de verano.


—Yo sólo sé que no quiero morir sin besarte y me maldigo por ser brutalmente sincero, tanto que retiras la mano y abres la boca sin emitir sonido alguno; y sé al instante que tú también lo has pensado, no ahora, sino docenas de veces antes, y que sabes de sobra que son cosas que pasan, sí, y que si todo fuera distinto ya nos habríamos besado mil veces antes de ahora, mi lengua conocería tus caderas y tu ombligo, y mis dedos no ansiarían explorar por primera vez tu sexo y subir a mi boca después para poder saborearte.


Casi no hemos tocado las cervezas. El plato de las aceitunas está virgen, tanto como nuestros pensamientos al sentarnos a la mesa, hace veinte minutos. Ya ni recuerdo quién sacó el tema de las oportunidades perdidas, de lo que pudo ser y no será; posiblemente fui yo, pero asisto incrédulo al final de la escena, a tu mutis por el foro, cuando te levantas y te despides, con tu voz sonando a algo que está a medio camino entre un “hasta luego” y un “hasta nunca”.


Estoy convencido de que todavía te veré mil veces más. Y también de que no te tendré jamás más que en mis pensamientos o en los tuyos.

martes, 24 de enero de 2012

Noches de sábado. Por José Ángel Cuenda.



Aquella noche de sábado necesitaba urgentemente apartar de mi mente una de las preguntas más difíciles e incómodas de afrontar sobre mí mismo, sobre quién era y cómo debía vivir mi vida. La dichosa preguntita, que se originaba en la sospecha inconfesable de sentirme atraído por los hombres, se había pasado toda la semana asediándome. Y es que, si bien podía pasar por alto esa inclinación la mayor parte del tiempo, cada vez se había ido haciendo más difícil ignorar la evidencia aún más inconfesable de sentirme fuertemente atraído por Roberto, mi nuevo compañero de trabajo.

Saboreando una copa en medio de aquella macro discoteca, la suerte estaba de mi parte, la respuesta al quién era yo la respondía el alcohol: “olvídate de ti mismo”; y la respuesta al qué hacer la dictaba la música: “déjate llevar sin que nada importe”. Me era fácil dejar de lado mis pensamientos cuando me sometía a la exigencia del ritmo vibrante rodeado por mis dos amigas y compañeras de baile. Natalia, a mi espalda, posaba su mano en mi cintura, mientras yo me abrazaba a la de María.

De pronto advertí la sorpresa, la pequeña mano de Natalia ya no era la que se apoyaba sobre mi ombligo sino que, como si hubiera caído en una de mis ensoñaciones sexuales, era la ancha y morena mano de Roberto la que ahí se situaba, rozándose escasamente con mi cuerpo. Al comprobar con la vista la desconcertante presencia, mi corazón empezó a bombear la sangre hasta cada rincón. “Me alegro mucho de encontrarte aquí”, me dijo rozándome la oreja, caliente por el rubor. María, al ver mi expresión, se soltó del baile, y como un hada madrina divertida y sabia me dijo “¿Es el de tu oficina, verdad? ¡Está tremendo!”. Y sin añadir nada más cogió la mano de Natalia y desapareció entre la multitud.

Permanecimos los dos en la pista desplegando una improvisada coreografía que Roberto se dispuso a animar al atrapar decidido mi mano, casi como una sugerencia, para llevarla hacia atrás y apretarla suavemente sobre su propio muslo, a medio camino entre la rodilla y la ingle. Solté un resuello corto, el rastro de un gemido ahogado. Mi mano se abandonó ante esa seguridad, la de quien sabe perfectamente quién es y también por qué está ahí. Había venido a por mí, y me lo hizo saber: “No seas tímido, yo no lo voy a ser contigo”.

Tragué la saliva que me estaba inundando la boca. Empezaba a explorar poco a poco el placer de tocar ese muslo bien definido, acariciarlo hasta llegar a su cadera y volver a bajar. Me preguntaba si se le habría puesto dura como a mí y me moría de ganas de comprobarlo con mis propias manos. Comenzó a pasear la punta de su nariz y sus labios por mi cuello, tal vez aspirando mi olor, y entonces su mano, que hasta ese momento se posaba en mi vientre, subió protectora hasta mi pecho y me pellizcó juguetona los pezones. Apreté su muslo como reacción a la sacudida de placer y creí que entonces era a él a quien se le escapaba un gemido.

Me giré al fin para hablarle, decirle que era la primera vez que estaba con un hombre y que yo no era de encerrarme en los baños, pero que si seguía por ese camino haría una excepción. Pero Roberto interpretó que me iba a lanzar a besarlo y echó un paso atrás. “Aquí no”, dijo. “Déjame ir a por la chaqueta, te espero fuera”. Al verme solo en la pista de baile, busqué a mis amigas para avisarles de que me iba, no sin antes alegrarme de que nadie hubiera estado atento a la escena que acababa de producirse.

Cuando Roberto salió a la calle, yo ya estaba esperando para dar un pequeño paseo que nos llevaría por calles más oscuras. Al doblar una esquina, la poca compostura de la que él había hecho gala durante el baile terminó de venirse abajo. Su boca abierta me atrapaba contra la pared, embistiéndome ansiosamente, saboreando mi lengua. Seguí con las caderas el ritmo del nuevo baile extático en el que Roberto se agarraba a mi pelo mientras que yo manoseaba libremente su espalda y su culo. Se separó, aún ansioso, y me advirtió de la existencia de una especie de código de buenas maneras que nos impedía desnudar nuestros miembros en la noche templada. Así me estaba dejando claro que no era partidario de tener sexo en plena calle, pero llegado ese momento, sintiendo su erección y la mía, yo ya no veía motivo para no hacerlo allí mismo, no veía motivo para no haberlo hecho en la discoteca, o en el mismo momento de haberlo conocido. En mi mente se mezclaba el aturdimiento del alcohol con la excitación de lo prohibido, y ya sólo mandaban las ganas de sobarlo, de comérmelo entero, de morder su barba, de lamer su boca y hasta sus ojos. Le bajé los pantalones porque ya no había más paciencia, quería sentirlo dentro ya, chupar sus ganas, beberme su sexo, mientras jadeaba buscando su mirada con los ojos, su culo con las manos, y luego su polla con la boca. Se la comí con un placer que nunca pensé que pudiera experimentarse al dar placer, y me corrí cuando lo sentí correrse, como un ridículo adolescente.

Cuando terminaron las sacudidas del orgasmo le ayudé a recomponerse la ropa, descansé mi pecho sobre el suyo y se me escapó una breve risa. Él me sonreía plácidamente y sentí ternura al ver cómo el héroe había perdido toda la fuerza en sus brazos y en su gesto. Pensé que yo le había robado toda esa fuerza y que por eso me sentía más seguro de mí mismo que nunca. Creo que todavía no he superado el atracón de vanagloria que me supuso haberme sentido así de deseado por un hombre tan deseable. Y cada vez que recuerdo aquello vuelvo a sentir esa seguridad, como si en realidad supiera quién soy, por qué estoy aquí o qué debo hacer.
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