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lunes, 21 de mayo de 2012

Historias de Naima: Naima y Ángel. Por Daniel Pérez Navarro.



La primera boca que besa la de Naima huele a alcohol y a tarta de queso. La invade sin preguntar, sin que ella lo espere. Sin embargo, ella le deja hacer. No es un beso agradable. Él es brusco, empuja con la lengua como si quisiera alcanzar el intestino y le araña con los dientes. El hombre se aparta de la boca de Naima y le introduce dos dedos humedecidos con saliva en la vagina, y lo hace del mismo modo, sin atención, sin modales. Apenas unos segundos después, él le da la vuelta, y así, de espaldas, la empuja para que incline el tronco sobre una mesa. Entonces retira los dedos y le introduce el pene. Él es rápido y violento, y enseguida empieza a moverse. Los empellones tienen el sabor de las frases amargas. Y Naima le deja hacer, y gime, aunque no sabe por qué ni por quién.

Naima descansa en un sillón. Mira a una chica morena de pelo corto que gime de una manera mecánica, da igual quién la posea, cómo lo haga y cómo tenga el pene. Hay uno que solo quiere hablar. Se acerca a Naima y le hace mil preguntas: ¿Cuántas pollas has tenido en tu cuerpo al mismo tiempo? ¿Te lo has tragado? ¿A qué sabe? ¿Por detrás te gusta tanto como por delante? ¿Te lo montas con tías? ¿Te gusta que te sujeten con cuerdas? ¿Has cobrado alguna vez, aunque solo sea por saber qué se siente al hacerlo por dinero? Naima no responde y él se marcha llamándola cerda, una y otra vez. Eres una cerda, como esa que chilla, seguro que tampoco te importaría que te la estuvieran metiendo toda la noche.

Los que tienen principios y reglas morales y dedos con los que señalar también tienen la polla dentro de Naima y las que llaman putas a las que no siguen sus normas y principios tienen la lengua en los pechos de Naima y los que son celosos y las que son celosas esa noche lo toman todo como un juego que durará hasta el amanecer y los que dicen oh-querida-no sabes lo elegante que estás y las que dicen oh-querido-me gusta tu saber estar se propinan azotes y se lamen el culo y la única que duerme dentro de sí es Naima, y las pollas se deslizan una tras otra dentro de ella y diferentes manos la palpan como si su piel fuera un trofeo y a Naima le da igual porque hace rato que se acurruca dentro de sí y ha retrocedido en el tiempo y se ha convertido en aquella adolescente que se llevaba una mano a la ingle con timidez y soñaba con los dedos de mil chicos recorriéndola incansablemente mientras una luna blanca y más que blanca la miraba y se reía.

Una vez una chica vino a mi tienda y me dijo que lo haría conmigo por veinte euros, y yo le respondí que no. Veinte me parecía mucho. Le dije que por un plato de patatas con huevos. ¿Y sabes lo que respondió la chavala? Qué bien me conoces. Eso me soltó: qué bien me conoces. El hombre que cuenta esa historia deja de hablar y gime. Luego Naima se aparta de su entrepierna. La pelirroja tiene hinchado el interior de los labios. Dile al siguiente que no se acerque a mi boca, dice ella.

Uno de ellos sale del piso y se acerca a un pub cercano, lo único que hay abierto a esas horas. Entra a pedir hielo. Es para una fiesta, se nos ha terminado, dice. Mientras uno de los camareros llena una bolsa de plástico con cubitos, el otro escucha su chascarrillo: cómo le ha metido la polla dos veces a una tal Naima y cómo va a intentarlo una tercera vez, en cuanto beba algo y recupere fuerzas. ¿Cómo es?, pregunta el camarero. ¿Quién? Esa Naima. No sé, una zorra. ¿Es pelirroja? Yo qué sé, ¿tú crees que me fijo en el pelo?, si quieres te describo el coño. El camarero se quita el delantal y sale del mostrador. ¿Puedo acompañarle?, pregunta. El otro le mira muy serio durante un par de segundos, pero enseguida rompe a reír y se dobla y tose. Claro que puedes, esa tiene para todos. Entran en el piso y el camarero busca en las habitaciones hasta dar con Naima. Encima de ella hay un hombre muy obeso. Su carne hace un extraño ruido de acordeón al golpear el culo de la pelirroja. El camarero sujeta al hombre gordo por el cuello y tira de él hacia atrás, hasta sentarlo, y a continuación le da una patada en el tórax que le corta la respiración. Luego coge a Naima en brazos y echa a andar. La pelirroja tiene los ojos cerrados, como si durmiera, y se deja conducir. Alguien se le acerca y le pregunta qué hace, pero recibe una patada en la ingle y se dobla y se calla. Y Ángel sale con Naima de aquel piso.

(de "Historias de Naima" de Vera Zieland, seudónimo de Daniel Pérez Navarro)

lunes, 30 de abril de 2012

El maniquí. Por Beatriz García.


Cuando Alfredo murió, hacía tresmeses que habían vuelto de la luna de miel. Junto al pagaré de la corona deflores, la otra corona, menos suntuosa y más alegre, recuerdo de sus vacacionesen Hawái. La Costurera hubo de empeñarse para pagar el sepelio y mudarse a lacasa de su madre, y ahora eran dos viudas atrapadas en una jaula de papelpintado con un caniche hiperactivo. Conservaba las fotografías de su enlace, elvestido de boda y el negocio, una pequeña tienda de corte y confección quehabían abierto justo antes de casarse y que fue la penúltima morada de sumarido, o la última aún con vida, quien tuvo una muerte a lo Juvenal Urbino, encaramadoen una silla, tratando de alcanzar una pieza de raso, perdió el equilibrio ycayó llevándose el raso y una veintena de rollos de tela que lo sepultaron; muertepor exceso de vestido. Y eso que a Alfredo siempre le gustó ir desnudo por lacasa, pensaba tristemente La Costurera cada vez que, en mitad de la noche, seenfundaba su vestido de novia y bajaba al sótano de la tienda para sentarse aoír el silencio, quizás esperando que, de existir los espíritus, el de su maridotodavía permaneciera entre el raso y las gasas.

Pero una de tantas noches, notóuna respiración cálida en su cuello y un susurro grave lamiéndole el lóbulo dela oreja:

Menudo culo tienes, vida. Te lovoy a morder entero.

La Costurera palideció. Siguiócon la mirada un serpenteo bajo su falda sin atreverse a mover:

¿Alfredo? Alfredo, ¿estás ahí?

¡Quítateesas condenadas enaguas! Ese tafetán parece una cámara acorazada…

¡Estul! gimió La Costurera saltando por el almacén, mientras los dobladillos de la falda eranlevantados por invisibles dedos en garra y la flor de crespón situada en su coxiscaía al suelo de un tirón ¡Alfredo, por Dios!

Suéltateel pelo, déjame que te lo huela susurró la voz del difunto. La Costurera se detuvoaterrorizada, viendo saltar sus horquillas, los dedos inmaterialesacariciándole el cabello y un viento frío en la nuca, luego en la mejilla, ahoraen el labio, un trémulo mordisco y, al palparse la comisura, la sintió húmeda.
Chilló manoteando el aire, seencerró en el baño y echó el pestillo, acurrucándose junto a la puerta,abrazada a sus gasas y sus frufrús, obscenamente asustada, terriblemente excitada. Aún podía escuchar la respiración deAlfredo arañando el contrachapado con la desesperación de un perro hambriento.

¡Abre,nena, por Dios! Yo te quiero más quea nadie suplicóel espectro.Tú no sabes lo que he sufrido viéndote cada noche aquí sola.

Alfredo,mi amor, tú estás muerto ¡Es un sueño, una alucinación! Me estoy volviendo loca…

Comoyo, amor mío, del deseo de verte y no tenerte. Este deseo tan grande…

La Costurera se apoyó en lapuerta y se apretó contra la madera para oír las sombrías palabras; al otrolado, el difunto, imaginó, hacía lo mismo y era como un abrazarse entre mundos.

Abre la puerta. ¡Ábrela!

Solo si no te mueves. ¡Júralo!

Hubo unos segundos de silencio yfantasmagóricos rebuznos. Finalmente, Alfredo accedió. La Costurera abrió lapuerta. El almacén estaba en silencio, la flor de crespón y la mantilla en elsuelo, pisoteadas.

Alfredo,¿dónde estás?

Nadie contestó.

Sobresaltada, comenzó a hiparpensando que su marido se habría marchado.

¡Alfredo! ¡Alfredo!

De uno de los estantes más altos,cayó un rollo de raso y rodó hasta detenerse frente a un maniquí. La Costureracontempló la muñeca, era uno de esos modelos femeninos de plástico, calvo y conpechos. Se aproximó con más curiosidad que temor y golpeó la calva cabeza.

Déjatede tonterías y desnúdate, que no tengo malditos brazos para arrancarte la ropa.¡Quítate el corsé y restriega las tetas contra las mías!

Alfredo,esto es una guarrada. ¡Soy una mujer casada!

Yyo tu marido.

Nocreo que te vayan a dejar entrar en el Cielo con tanta perversión.

Daigual, me quedaré aquí contigo.

A La Costurera se le iluminó lamirada: “Conmigo, siempre juntos, mi amor”. Desabrochó el botón de su falda y se inclinó con presteza para deshacerel infinito cordón cruzado a su espalda. Cayeron los tules a sus pies y losapartó con el tacón del zapato, haciendo estallar el corsé por la ebullición desu pecho a punto de eclosionar de la emoción de saberse ya siempre con él, portoda la eternidad, aunque fuera bajo la apariencia de un maniquí de mujer. Alfin y al cabo, pensó, todos los hombresacaban calvos y con pechos tarde o temprano, solo es cuestión de tiempo.Trató de soltar los corchetes de susostén, pero se resistían, y los jadeos infrahumanos, como desde la profundidadde un pozo, enervaban sus ánimos. En un rapto de desesperación, se arrancó elsujetador, y agarrando la cabeza de plástico quiso introducir el pezón entre suslabios, pero estaban sellados.

¡Abre la boca! leexhortó, la maraña de cabello revuelto cayendo sobre sus hombros desnudos.

¡Nopuedo!

Buscó enloquecida por la mesa de costura hasta dar con lastijeras, agujereó sin miramientos la boca del maniquí e introdujo con cuidadosu pezón.

¿Asíestá bien?

Sí,amor, sí. ¡Date placer!

Tomó la mujer al maniquí entre sus brazos y estirándolo enel suelo, se sentó sobre la inanimada cabeza. Pero como Alfredo solo gruñía yella no sentía nada, empezó a cabalgar sobre esta, utilizando la nariz a modode consolador.

Ay, Alfredo, tienes una nariz tan pequeña… Apenas siento.

¡Malditocanon! ¡Mastúrbate, vamos!

Sinunca te ha gustado…

¡Nena,no tengo pene! Así que córrete y, por Dios, procura mancharme.

La Costurera dudó. Sus manos tantearon el pelo ralo de suvagina. Se fijó en que los rizos oscuros cubrían los labios del maniquí como unincipiente bigote que le recordó al de su marido; ahora era más fácil, sóloacariciar el vello e introducir los dedos en la húmeda cavidad, mientras quecon la otra mano se cacheteaba el trasero, como solía hacer él, pellizcando lacarne firme. Alfredo se desgañitaba en obscenas lisonjas, relataba con todasuerte de detalle la primera vez que la penetró en aquella excursión a lamontaña. “Te tocaba las tetas bajo el polar rosa, ¿te acuerdas? Tenía loshuevos llenos de tierra de lo que te movías”. Y ella sonreía acariciando elaséptico rostro del maniquí.

Mírame le suplicó. Mírame cómo disfruto yestirando sus brazos para alcanzar de nuevo las tijeras, horadó los ojos de lamuñeca e introdujo el dedo mojado a través de la nacida oquedad imaginando quese lo insertaba en el ano. Todos los hombres desean alguna vez que lossodomicen, se dijo. Y era éste un sadismo en la mirada, horadar los ojos de unmaniquí, sodomizarlo a través de la metáfora.

¿Sabesque había un tipo espiándonos en aquella primera excusión, masturbándose comoun animal tras unos matorrales? No te lo dije para que no te asustaras continuóAlfredo, y La Costurera imaginó la sonrisa satisfecha en sus labios, bajo unosbigotes que eran de ella, como el placer y como el secreto de que aquellaprimera vez también se había sentido observada, excitada por el balanceofrenético de los matorrales tras los que se ocultaba el voyeur. “No supistenunca que modulaba mis movimientos a los temblores de las ramas, un sexo a tres”,pensó, mientras el flujo caliente chorreaba por el blanco cuello del maniquí yen las arrugas de la boca se formaba pequeños canales estancos que Alfredo nopodría degustar, porque de la misma forma que no tenía pene tampoco teníalengua, y ella quiso explicarle cada sensación como al ciego al que se lesdescribe un cuadro, y acercándose al impertérrito rostro chupó con fruición suspropias secreciones y se le antojaron saladas y deliciosas. Volvió amasturbarse. Entonces Alfredo ya no hablaba, respiraba ruidosamente, o era supropia respiración cálida sobre el muñeco desnudo la que moteaba de gotas deagua la frente pegajosa de tanto acariciar la calva cabeza con los dedos. Gritóal llegar al clímax y le pareció que el plástico se derretía bajo sus muslos,sus rodillas ejercían tal presión que las mejillas de la muñeca se habían vueltocóncavas y daba la impresión de que le estuviese robando el alma, como si amedida que eyaculara ella, Alfredo fuera entrando dentro. Devorándose, lodevoraba. Desde el fondo de su garganta, emergió un torrente de semen, como ácido, y hubo deabrir la boca, de dejarlo ir para no ahogarse en el líquido blancuzco que sabíaa sopa de sobre y a pollo, tal vez porque aquel era el sabor de la muerte. Yuna vez lo hubo arrojado, se dejó caer con pesadez junto al maniquí.

Nunca más volvió a tener sexo con fantasmas, pues descubrióque para enhebrar una aguja con una misma bastaba.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Humedad. Por Mercedes BFC.



Es tarde, muy tarde. Hace ya horas que estoy durmiendo cuando siento tu llegada. Oigo tu respiración y cómo te mueves mientras te quitas la ropa. No quiero moverme, solo escucho. Siento cómo el colchón se hunde bajo tu peso y cómo las sabanas se mueven según entras en la cama.

No quiero abrir los ojos. Quiero saborear el momento.

Tu cuerpo se acerca suavemente al mío y noto tu aliento en mi cuello. No me muevo, no abro los ojos, y creo que incluso aguanto la respiración mientras espero.

Apartas tiernamente el pelo de mi cara y depositas un beso en mi mejilla. Por un momento, temo que no haya más, pero no es así, porque inmediatamente siento cómo tu mano se posa en mi cintura y subes lentamente por mi costado, por debajo de mi brazo, hasta llegar a mi pecho, y comienzas a jugar con mi pezón.

No quiero abrir los ojos. Sonrío. No me muevo.

Deslizas tus dedos, en una caricia tenue que hace que toda mi piel se ponga de gallina, hasta mi ombligo, y te detienes por un momento. Sabes que me gusta sentir tu mano sobre mi estómago. Y luego vuelves a ascender, haciendo que mi cuerpo gire para pasar de estar de costado a estar boca arriba, y comienzas a besar mi cara y mis ojos con suaves besos, mientras tu mano encuentra mi otro pecho y comienza a acariciarlo.

No abro los ojos cuando siento tus labios sobre los míos. Y tampoco los abro cuanto tu lengua se introduce entre ellos.

Me gustan tus besos. Me gusta besarte. Y subo mis manos a tu cabeza para enredar mis dedos entre tu pelo y corresponderte. Tu lengua explora mi boca y todo mi cuerpo despierta a tus caricias.

Tu mano desciende de nuevo y se introduce entre mis piernas, y yo las abro ligeramente, facilitando tu camino. Acaricias mi clítoris con tus dedos, fuertes y algo ásperos. No puedo evitar gemir levemente mientras sigues besándome, moviéndolos cada vez con más rapidez, y muevo mi cadera siguiendo el ritmo que estás marcando.

No abro los ojos cuando tu boca desciende por mi mandíbula para llegar a mi cuello y muerdes con increíble delicadeza mientras me penetras con tus dedos. Vuelvo a gemir, y siento cómo tus labios sonríen contra mi piel.

Sigo acariciando tu cuello, y comienzo a recorrer tu cuerpo, tu pecho, tu abdomen… estoy cada vez más excitada y quiero tocarte y corresponder al placer que tú me estás haciendo sentir. Quiero sentir tu erección en mi mano, pero te mueves, y tus dedos abandonan mi interior mientras sitúas tu cuerpo sobre mí, entre mis piernas, y tu pene acaba justo sobre mi clítoris. No creo que puedas imaginar cómo me excita sentir palpitar tu sexo contra el mío.

No quiero abrir los ojos. Lo que quiero es besarte, recorrer tu cara con mis labios, morder tu mandíbula y lamer tus orejas. Acariciar todo tu cuerpo y descender por tu pecho con mis labios hasta llegar a tu polla, introducirla en mi boca y escuchar tus gemidos de placer mientras juego con ella.

Pero en este momento tú llevas la iniciativa. Solo puedo seguir tu ritmo y hacer aquello que tú me dejes hacer.

Vuelves a besarme profundamente mientras que yo acaricio tu cabeza, tu cuello, tu espalda y sigo descendiendo hacia tus glúteos. Quiero sentirte en mi interior, quiero sentirte sobre mí, y no quiero que este beso termine.

No quiero abrir los ojos cuando mueves tu cadera y comienzas a penetrarme.

No quiero.

Pero no puedo evitarlo.

Y abro los ojos a la realidad de tu ausencia.

A la realidad de mi soledad.

Y mientras percibo la humedad de mi deseo no satisfecho entre mis piernas otra humedad, totalmente distinta, se apropia de mis ojos.

martes, 7 de febrero de 2012

Sofía y yo. Por M. J. Sánchez.



Entraste por la puerta del bar como si al traspasarla trajeras contigo otro mundo arrastrando de las orejas al son de tu taconeo nervioso.

La gente se volvió durante un segundo, miró, mostró algún gesto de sorpresa, una ceja alzada, la comisura de un labio torcida en un gesto desdeñoso, y luego todos han vuelto a sus conversaciones y sus vidas.
Eres alta, la melena corta y revuelta, negra y brillante, los ojos maquillados, la nariz recta, patricia, y los labios de un intenso rojo mate. No pude apartar la mirada de tus pechos, enormes, comprimidos por un sujetador anticuado que les da un vago aspecto puntiagudo. La cintura la tienes tan ridículamente estrecha que parece casi irreal, y luego se me va el alma hacia esas caderas voluptuosas y el culo… un culo de carnes apretadas, compactas, que se balancean en un hipnótico vaivén bajo la falda negra, ceñida.

Pero fue al mirar tus ojos cuando te reconocí. Te he visto en todas las películas que me gustan, esas cintas antiguas y manoseadas que crepitan y a veces se quedan paradas, hasta que le doy un buen golpe al trasto averiado que las pasa ante mí una y otra vez. Tus ojos son verdes, grandes, de expresión triste.
Has tirado de los dos lados de la rebeca ceñida que enmarca tus pechos y la has cerrado estirándola como si quisieras protegerlos de mi mirada que se ha clavado en ellos con puntería perfecta.

Al sentarte sobre el taburete la falda se ha pegado a tus muslos, donde se ha delineado durante un segundo fugaz el corchete diminuto de un liguero. Llevas liguero, sí, como no. No tendré tanta suerte de que no lleves bragas, eso me catapultaría a un orgasmo desastroso justo aquí donde me encuentro, acodado a la barra de este bar de barrio.
Te deseo, Sophia, con “p”.

Me has mirado de arriba abajo, con esa expresión desdeñosa tuya, y has comentado entre dientes algo en italiano que ha sonado a “medio hombre”. Sé que no debería permitírtelo, pero no puedo evitarlo. Me gusta que me desafíes; a veces, hasta que me odies.
He apurado el escocés como si fuera Mastroianni, he pagado, y, luego, te he seguido por las escaleras estrechas de nuestro pisillo de mierda de barrio de las afueras. He observado temeroso las subidas y las bajadas de tus nalgas inmensas al ritmo de los tacones de aguja cuando subes las escaleras.

Te temo tanto como te deseo.
De hecho, no he podido aguantar. Te he aplastado contra la pared descascarillada del rellano cochambroso y he metido la mano bajo tu falda para comprobar si llevas bragas.

Y no, no las llevas.
Te has estirado hacia atrás como una gata con cuerpo de mujer, tus pechos han sobado mi camisa como si me hubieras acariciado, cosa que no has hecho. He notado el gemido ronco de tu respiración al hundir la nariz entre tus pechos olorosos a sudor, a la comida que acabas de guisar. Me lleno la boca de carne fresca, te sobo el coño peludo con manos hambrientas, hasta que me das un empujón contra la pared de enfrente y me espetas un “Porco schifoso” con voz quebrada, con sonido a lágrimas.

Subo detrás de ti arrastrando los pasos, resignado. Estoy empalmado, lo sé. La bruja del piso de al lado no se perderá detalle del bulto de mis pantalones cuando pase delante. Me he echado mano al paquete y le he dado un buen tirón, para estar más cómodo y, de paso, darle a la vieja algo que pensar. Qué vida de mierda, la de espiar las entrepiernas ajenas.
Pero no te vas a salir con la tuya, no. Has querido darme con la puerta en las narices de un golpe, pero he conseguido zafarme por el hueco y ahora me golpeas el pecho con las dos manos, rabiosa, como me gusta verte. El bulto de mis pantalones amenaza con reventarlos.

He cerrado de un portazo. Que le den a la vieja de la mirilla. Ahora tendrá que imaginarlo, pero cuando he hundido los dientes en la curva de tu cuello y tú has soltado ese gemido desgarrado de perra en celo, dudo que tenga que imaginar mucho.
Sé que estás mojada, mojada para mí, para que te remangue la falda, te abra las nalgas con las manos, mientras me desabrochas, con los ojos cerrados y el ceño fruncido, la bragueta.

Te he ensartado contra la pared, he metido mi polla hasta el fondo de tus carnes duras de hembra bragada. Esto ha de ser el cielo, dios, el cielo, y yo debo estar muerto; tu vagina me comprime siguiendo un ritmo que ya conozco, sé que aunque no quieres, no me quieres, vas a correrte y me vas a poner los pantalones perdidos con ese zumo blanco con el que tan generosamente sirves todos tus orgasmos.
Y no te he visto aun los pechos, aunque luego habrá tiempo, cuando me sigas odiando pero, aún insatisfecha, me pidas más.

Te deseo, Sophia, pero le he pegado un golpe al maldito trasto que se ha parado justo cuando estaba a punto ya. No te vayas aún, no te he visto los pechos, maldita sea.

domingo, 8 de enero de 2012

Príncipe Pío. Por Pablo Castro.


Hace cosa de quince minutos mis fantasías más tórridas estaban congeladas bajo la masa de aire polar que, según el meteosat, bajó ayer desde Siberia. Hace cosa de quince minutos, porque ese cabrón que esperaba el metro en el andén de Príncipe Pío me las despertó todas de un plumazo.

¡Qué bueno estaba, joder! Con treinta años menos seguro que le habría convencido para meneárnosla un ratito, pero con esta jeta, esta barriga y estos cincuenta tacos largos, qué quieres. A lo mejor si hubiera tenido algo de éxtasis para ofrecerle... Pero qué carajo, los chavales de hoy gastan camello propio en el Retiro, maricón.

¿Cuánto tiempo llevabas en el andén de Príncipe Pío, guapo? Aquella gorda me tapaba la vista hasta que echaste a andar. De ahí la cara de gilipollas, ¿sabes? Porque si descubrir un pedazo de tío a tu lado ya es fuerte, notar que pretende hablar contigo es la hostia. Aunque sólo te pida fuego.

Qué voz. Y qué manera de llevarte el pitillo a la boca. Yo quiero ser tu colilla, lo juro por Dios. Colgar entre tus labios hasta la consunción... Luego puedes tirarme al suelo y pisotearme, que hasta tendría su gracia. Sólo por eso merecía la pena arriesgarse a estirar la conversación, preguntarte la forma más directa de llegar a Usera. Por supuesto, tú pasaste de mi culo y te limitaste a decir “línea seis, en este andén”. No creas que fue una sorpresa. Lo hace la mayoría de los maricas, así que no esperaba menos de ti.

Al menos te saqué un apretón de manos antes de que el puto tren se detuviera frente a nosotros y tus colegas y yo intercambiáramos posiciones en el vagón, ellos fuera y yo dentro.

¡Y qué apretón de mano, coño! Casi hubiera preferido un simple adiós, porque si estrechas así la mano de un desconocido, no quiero imaginar cómo sujetarás otras cosas... Mentira: sí que quiero. Fíjate si querré, que ya estoy en Laguna y todavía sigo con la mirada clavada en el cristal, buscándote en cada estación. ¡Lo que hubiera podido hacer contigo, niño!

La gorda del andén nos miraba de reojo, ¿te fijaste? No, claro. Como tampoco notaste que yo trataba de ligar contigo. Es la suerte de los chicos guapos: camináis sobre la gente como Jesús sobre las aguas. ¿Sabes? Creo que la tía no miraría con tanto gusto cuando te metieras en mi cama. Las sábanas están usadas, pero sé que no te importará.

Hemos tirado las cazadoras por ahí, y  estás frente a mí con tu sudadera gris –intuyo una camiseta negra debajo– y tus vaqueros azules. No protestas cuando te meto las manos entre la ropa. Hasta sonríes, hijo de puta. Vaya cuerpo. Caliente. Ancho. Suave. Veintipocos. Divino. Me muero por verte desnudo… Pero vamos a esperar un ratito. Primero te sobaré a fondo.

Mis dedos te pellizcan los pezones bajo la camiseta. Se nota que es la primera vez que te dejas meter mano por un tío, pero lo disfrutas como no está escrito porque me ves excitado como una mala perra y eso te hace sentir poderoso, ¿a que sí? Jodido hetero de mentalidad abierta, cómo me estás poniendo... La boca se me va a tu cuello, y te beso y te chupo como si fuera el mismo conde Drácula. Pero no te engañes: no quiero tu sangre, sino la piel y los músculos que hay encima. Sobre todo los de tu polla. Empieza a estar dura, y en cuanto te frote un poco más... Si te aprieta la bragueta, tú tranquilo; yo me hago cargo.

Chaval, como la telepatía sea ciencia, hoy te correrás de gusto allá donde estés, porque ahora mi fantasía se arrodilla sobre tus vaqueros, mientras tú te hinchas por momentos bajo mis labios. Cómemela, susurras, y no puedo desobedecer. Te desabrochas. Hundo las manos entre tu ropa interior. Dios, ¿daré abasto con tanto chico para mi solo? Coño, claro que sí.

Ya estás desnudo, y sé de buena tinta que me dejarás follarte, porque lo deseas tanto como yo. Tienes los labios húmedos, el vicio pintado en los ojos, y el miembro duro como una condena a muerte. Y no te cuento cómo estoy yo... Ni éxtasis, ni cocaína ni hostias, tío. Tú eres el mejor estimulante.

Me cuesta abarcar tu espalda, pero eso lo hace aún más excitante, porque eres tan joven, y tan alto, y tan grande, y tan hetero... Me aferro a tu culo y tú te aprietas todavía más contra mí, así que te beso con avaricia, te estrujo, te repaso. ¿Qué dices, que quieres hacerme una paja? Vale, mientras yo te meto un dedito. Pero no hace ni falta hablar de ello, porque ya me la estás cogiendo con esa mano ancha y segura, y empiezas, pim–pam, pim–pam, fuerte y rápido. Me moriría ahora mismo, si no fuera porque nos espera algo mejor... Me corro. Te salpico. Ríes, y yo te sigo. A todas partes.

Pongo los dedos en tu boca. Venga, chúpalos; húmedos resulta más fácil. Me coloco detrás de ti, con mis labios pegados a tus hombros como lapas en celo. Te inclinas un poco hacia delante, y tu respiración se acelera. Nos espera una tanda monumental de folladas. La primera, contigo arrodillado sobre mi cama revuelta, la cara enterrada en la almohada y el culo sobresaliendo en la nada de mi cuarto, duro, desafiante y tentador.

Entonces mis manos se aferrarán a tus caderas… y ya no podremos parar. Lo haremos bajo el agua de la ducha, contra la mesa de la cocina, o de pie en el balcón −los vecinos  llamando a gritos a la policía, sin perder ripio de nuestra jodienda de perros−, si tú me dices que eso te excita.

Próxima estación, Usera. Mierda. Fin de trayecto para las fantasías tórridas. No te la voy a chupar, ni tú me harás una paja. Jamás podré meterte un dedo, ni menos aún follarte hasta quedarme bizco… Pero dejando a un lado lo asquerosamente solo que me sentiré dentro de un rato, cuando me la pele como un mono viejo delante del ordenador, ha sido un placer imaginarlo.
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