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viernes, 8 de junio de 2012

Jueves contigo. Por Susana García Rodríguez, "Suskiin".



Bianca no era su nombre, pero eso no importaba. Cuarenta años, dos niños, una casa y un marido que echaba tripa. La colada, la plancha, el super y sellar en la oficina del paro. Llevar a los niños a clase de música los miércoles y el polvo semanal los sábados por la noche. Una vida como cualquier otra, marcada por el tedio y la rutina. Pero Bianca, que no se llamaba Bianca, tenía un secreto que la ayudaba a seguir tarareando canciones mientras se ocupaba de todas esas obligaciones.

Los jueves por la tarde, después de fregar los platos y antes de recoger a los niños, Bianca, que no se llamaba Bianca, se duchaba, cambiaba los pantis por unas medias de blonda negras y salía de casa con gafas de sol y un largo abrigo negro. Cogía el metro, mezclándose entre el anónimo pasaje, bajaba en una estación que llevaba a un barrio del que solo conocía una dirección. Llamaba a un timbre de una escalera anodina y subía al tercer piso primera puerta.

Toni no se llamaba Toni pero eso no importa tampoco. Toni se duchaba y arreglaba su pequeño apartamento porque sabía que, todos los jueves a la misma hora, Bianca, cuyo verdadero nombre desconocía pero no le importaba, llamaría al timbre. Aquella breve visita, carente de conversación, le mantenia de viernes a jueves a salvo del aburrimiento de una vida carente de emociones.

Bianca entró por la puerta que Toni dejó ajustada. Dejó el largo abrigo y el bolso colgados del perchero del recibidor. Bajo la ropa de calle, solo vestía un escueto conjunto de sujetador y tanga, y sus preciosas medias de blonda. Se movió por la penumbra del pequeño apartamento, donde todas las persianas estaban bajadas, con el silencio de todos los jueves. Toni, sentado en el sofá, desnudo, la esperaba. Bianca se arrodilló entre las piernas separadas de él y acarició el miembro que, debido a la anticipación, ya estaba completamente erecto. Oír el ligero chirrido de las bisagras de la puerta lo excitaba. La lengua de ella buscó la entrepierna masculina, lamiendo la tierna carne y haciendo gemir a Toni. Sus labios acariciaron la punta de su miembro como quien come un helado sabroso, haciendo que él gimiera con más pasión y apoyara sus manos sobre la cabeza de ella. El miembro de él se adentraba cada vez más profundo en la boca de ella, hasta que el sensitivo glande tocaba el fondo de su boca, produciéndole un ligero amago de náusea. Incrementaban la cadencia de los movimientos de su boca sin mirarse hasta que él lanzaba un grito gutural y ella, impasible, saboreaba los latigazos de semen que inundaban su boca.

Mientras ella se aseaba en el baño, él se reponía de aquel orgasmo, preparado para seguir jugando hasta que, a las cinco en punto, ella se vestiría en silencio y marcharía sin decirle adiós. Nunca follaban en la cama, siempre sobre el raído sofá de su apartamento de divorciado. Nunca hablaban, solo gemían. No se abrazaban, no se besaban, ni siquiera se acariciaban. Era sólo sexo. Puro y duro. Él se sumergía entre las piernas de ella, lamía su clítoris encendido hasta que ella, casi sin aliento, se colocaba a cuatro patas para que el la penetrase, por delante primero, por detrás después. Sus lenguas jamás se tocaban, aunque conocían cada centímetro del resto del cuerpo del otro. No se miraban a los ojos y no conocían sus voces. Todas sus conversaciones eran por escrito, a través del correo electrónico, que les ayudaba, a veces, a esperar con más ganas los jueves.

Tan puntual como siempre, Bianca, cuyo nombre podría ser cualquier otro, se duchaba rápidamente para eliminar el olor a sexo, se envolvía en su abrigo, cogía el bolso y salía de aquella casa con paso firme, sin mirar atrás. Toni no se duchaba, disfrutando del olor de ella en su cuerpo que, con algo de suerte, lo acompañaba a la cama por la noche. Algunas veces soñaba con ella... La soñaba en su cama e imaginaba cómo sería besarla, como sabrían sus labios.

Bianca regresaba entre los pasajeros del metro acurrucada en su largo abrigo, imaginando cómo sería besar a Toni en los labios. Enseguida borraba ese pensamiento y recordaba los momentos pasados juntos esa tarde, cosa que la excitaba. Antes de recoger a los niños en el colegio, se detenía en casa para cambiarse de ropa y regresar a sus pantis de lycra y sus bragas de los chinos. A veces, de tan excitada que llegaba, se masturbaba a oscuras en el baño, reviviendo la tarde pasada con él.

Cualquier tarde no volverían a verse, por el motivo que fuese, pero mientras tanto tenían sus jueves silenciosos, su lado oscuro, su secreto. Y aunque fuera tan breve, solo por ello, se sentían con fuerzas para sobrevivir a otra semana de aburrida monotonía.

lunes, 4 de junio de 2012

Serial Killers. Por Víctor Miguel Gallardo Barragán.


Yo no sabía por qué estaba allí, por qué había querido estar allí. Reunión de antiguos alumnos, un eufemismo placentero para definir una lucha de varias horas entre el alcohol y los egos. Habían pasado diez años desde que nuestra promoción se graduó; éramos los mismos de entonces, pero de forma sutil también éramos diferentes. Quien más y quien menos había engordado o encanecido, no me refiero a eso: los cambios no estaban tanto en la superficie como en el interior de cada uno. Los caracteres, algunos, se habían agriado por el peso de una década de precariedad laboral y sueños deshechos en las espaldas. Los matrimonios habían hecho acto de presencia, y también la maternidad, aunque esta siempre por debajo de lo esperable dada la crisis económica que maniataba las esperanzas de ser padres de los más cautos. La treintena pesaba para unos y otros, para los que ya eran padres y para los que no podían permitírselo, e incluso para los que no se preocupaban por ello, y para todos la edad empezaba a ser una losa. Los casados miraban de reojo a los solteros, envidiándolos, y estos hacían lo propio con los poseedores de anillos de oro o platino, todos sujetos a las reglas de un juego estúpido que asemeja al cuento de la vaca y los prados más verdes de más allá del vallado.

Yo no, yo era feliz en mi inconsciencia, en mi devenir diario que asemejaba más al de un estudiante de dieciocho que al de un asalariado de treinta y tres. La litrona en el parque, el cine-club universitario, las escapadas a calas indómitas con amigos, todo parecía anclado en el pasado excepto yo mismo en mi continente, cada vez más calvo, cada vez más gordo, cada vez más satisfecho conmigo mismo y más cínico para con los demás. Pero seguía preguntándome por qué estaba allí, por qué había querido estar allí justo esa noche, rodeado de las tristes y ajadas sombras del pasado que eran mis antiguos compañeros de facultad, lo que quedaba de ellos.

Hasta que la vi entrar a ella en el pub. Fue entonces cuando recordé, sin asomo alguno de duda, que mis pasos habían sido guiados, desde el mismo momento en que recibí la invitación en mi correo electrónico y hasta que traspasé el umbral del bar con una falsa sonrisa de reconocimiento de oreja a oreja, por sus ojos, sus labios y su pelo, que me llamaban desde la distancia de aquellos diez años con la fuerza inhumana del amor no correspondido, del deseo insatisfecho.

¿Qué la guiaba a ella hasta allí?, me pregunté mientras, esta vez sí, sonreía de forma sincera y le estampaba en sus mejillas los dos besos de rigor.

Bea estaba guapa. Siempre había sido una chica guapa, guapa sin aspavientos, de esas ante las que no te giras en la calle. De las otras, de las que, en noches de borrachera con amigos, reciben tus ebrios mensajes de texto farfullando obviedades, pidiendo torpemente un poco de atención. “Me estoy acordando mucho de ti esta noche”, recuerdo que le escribí con mi móvil en una ocasión, cuando en el culmen del trinomio botellón-bar de chupitos-discoteca me descubrí pensando en ella y no en otra. “A ver si quedamos para tomar un café”, otro mensaje recurrente que ocultaba las verdaderas intenciones, las de tomar todos los cafés del mundo cada mañana del resto de nuestras vidas, juntos y arremolinados en torno a una mesa de cocina con tostadas recién hechas.

Bea estaba guapa y yo, al recordar todo esto, suspiré. “¡Amores de juventud!”, me dije, observando condescendiente a mi yo del pasado. Después de una década, Bea estaba guapa y yo más calvo, más gordo y mucho más seguro de mí mismo. Me gustaba el cambio.

De repente todos desaparecieron para mí. Aquello ya no era una reunión de compañeros de clase, sino una cita con Bea, una cita en la que el resto de la gente formaba parte de la morralla que en toda red de pescador aparece. No cabía la posibilidad siquiera de considerarlos como público, eran más bien el atrezo tosco, en algunos casos incluso desagradable, que algún chistoso dios había querido para nuestro reencuentro. Bea también pareció notarlo, y desde un primer momento, y tras haber saludado cortésmente a la piara de treinteañeros, buscó mis ojos con una súplica inaudible.

Guns´n´Roses sonando a destiempo en los bafles del local. Pasamos a una vieja balada de Roxette, y yo me acerco a ella, deposito mi copa cerca de la suya, y me intereso por su vida. Ella habla y habla, acercando mucho sus labios a mi cara. ¡Bendita música de los noventa, con sus altibajos portentosos! ¡Enhorabuena, deejay de baratillo, por atronarnos a conciencia! ¡Gracias, concejalía de Medio Ambiente, por no interferir en mi noche de gloria! Ella hablaba de la relación con su chico mientras sonaban Scorpions. De su trabajo mal pagado en una editorial mientras yo seguía el ritmo de Kula Shaker con los pies. Nos encaminamos a la segunda copa (ginebra yo, ron ella) al tiempo que aparecían los primeros acordes de los inefables U2. Cuando Blur, Oasis y Supergrass entraron a escena ya estábamos tan cerca el uno del otro que lo difícil era no tocarnos. Y, en las distancias cortas, ella seguía estando guapa, tan guapa como sólo una mujer de treinta y tantos puede estar.

La tercera copa llegó a nuestras manos, y ya no había marcha atrás. Yo dije algo inconveniente, algo que hizo referencia a mi enamoramiento de entonces y al deseo de ahora, y, sin dejarla reaccionar, di la vuelta y me fui hacia el aseo. Allí me tomé todo el tiempo del mundo mientras, fuera, sonaban más éxitos mustios de VH1. No las tenía todas conmigo, esa es la verdad, cuando abrí la puerta para enfrentarme a la oscuridad del local, encomendándome, yo, que no soy religioso, a todos los santos del almanaque; pero ahí estaba ella, apoyada en el quicio de la puerta del baño de señoras y con su ron a medio beber en la mano, mirando nerviosa alternativamente hacia la barra y hacia mí, como si quisiera cerciorarse de que nadie la observaba esperar. Yo me acerqué y ella abrió la puerta del aseo. Dio dos pasos a su interior y se volvió para sostenerme la mirada. No quedaba otra cosa más que recoger el guante, traspasar el umbral y cerrar la puerta tras de mí.

Entonces, hace diez años, yo jugué su juego. Ahora ella haría lo propio con el mío.

Bea dejó el cubata sobre el lavabo y, de espaldas a él, apoyó sus manos en el granito del que estaba hecho con los brazos muy pegados a su espalda. Avancé hasta ella y puse dos dedos en su cintura. Acerqué mi cabeza a la suya y, con la mano libre, aparté el pelo castaño de su cara.

—Sólo te tocaré cuando me lo pidas —le dije, acariciando con mis labios casi su oreja mientras que, contradiciendo mis palabras, mis dos dedos en su cintura se deslizaban unos centímetros hacia su espalda.

Ella no pestañeó, y yo tuve la certeza de que estaba segura de no llegar jamás a ese extremo. Volví a inclinarme hacia ella.

—Estamos en los lavabos de un garito para gente de nuestra edad, no seríamos los primeros en enrollarse aquí. Estoy seguro de que estas baldosas y estos azulejos han sido testigos de bastantes cuernos. Pero yo no quiero enrrollarme contigo. Ya no tenemos veinte años, ni estamos enamorados. Yo quiero follarte.

Mordí suavemente el lóbulo de su oreja, y ella puso instintivamente una mano en mi pecho. Yo di un paso hacia atrás, apartándome.

—No me has entendido, Bea. Llevo queriendo besarte desde la primera vez que te vi. Las clases ya habían empezado unas semanas antes, pero tú te habías matriculado a última hora, y encima llegaste a aquella troncal cuando ya había empezado la clase. Yo todavía no existía para ti, pero fue verte traspasar la puerta y pedir permiso para entrar con voz nerviosa y yo di un respingo en la silla. ¿Sabes por qué? —Bea ignoró que era una pregunta retórica y movió dubitativamente la cabeza— . Yo por entonces tenía novia, y quería ser fiel sobre todas las cosas. Ya llevábamos dos semanas de clase, y yo ya conocía al resto de compañeras, y estaba seguro de que no sentiría la más mínima atracción por ninguna de ellas, ni por las guapas ni por las menos guapas. Pero fue verte y supe que tú sí me podrías meter, si hubieras querido, en un embrollo. Y entonces, mientras caminabas hacia el final de la clase, que es donde te sentaste, yo no podía dejar de desear que fueras tonta. O que fueras una antipática. Pero no, no tuve tanta suerte, porque no eras ni lo uno ni lo otro. Y me enamoré de ti.

Bea se separó unos centímetros del lavabo, pero yo me abalancé contra ella, empujándola de nuevo contra él y hundiendo mi rodilla entre sus piernas. La levanté un poco con fuerza, incrustándola contra su sexo. Ella se estremeció.

—Entonces me hubiera bastado con un beso, con pasear cogido de tu mano, pero ahora quiero follarte. Y quiero que me lo pidas -señalé con la cabeza a la cisterna— . ¿Ves esa cañería? Me gustaría atarte las dos manos con mi cinturón, y pasarlo por ella. Y así, con las manos en alto, arrancarte la ropa, dejarte totalmente desnuda —volví a hacer presión con la pierna mientras que con una mano le acariciaba el cuello— y después sacármela y masturbarme unos minutos ante ti.

Bea echó la cabeza hacia un lado, evitando mi mirada y totalmente ruborizada. Yo la agarré del pelo y la obligué a volver a mirarme.

—Eso no sería todo. Te tocaría, vaya que si te tocaría. Tú seguirías atada, y yo te daría la vuelta contra la pared, separaría tus muslos y te la metería desde atrás, con una mano agarrando con fuerza tu culo y la otra pellizcándote los pezones. Te dolería un poco, pero te juro que merecería la pena, vaya que sí.

Metí una mano bajo su camiseta y la subí hasta encontrar el exiguo sujetador de algodón. Tiré de él hacia mí y descubrí un pequeño pecho y un pezón erecto. Lo sujeté con fuerza mientras volvía a morderle, esta vez con más fuerza, su oreja.

—Solo tienes que pedírmelo y te follaré. Te dejaré elegir dónde correrme, aunque yo creo que sé lo que elegiría —le susurré mientras mi mano dejaba el pecho y, sujetando la suya, la obligaba a agarrar por encima del pantalón mi pene henchido— . Creo que lo que más me gustaría sería, después de follarte unos minutos, subirme al inodoro y correrme sobre ti. Sobre tu pelo, tu cara, tus pechos, sobre toda tú, desnuda y atada a la cañería de la cisterna.

Bea sollozó, y yo aparté su mano y le desabroché el pantalón vaquero. Metí hábilmente una mano dentro de sus bragas, y mis dedos llegaron con facilidad a su sexo. Estaba empapado. Metí el índice y el corazón con suavidad en el interior de su coño, y Bea se abrazó a mí mientras se movía arriba y abajo, forzando la penetración.

—Fóllame, joder, fóllame.

No la até a ninguna cañería, ni la desnudé completamente. Era un aseo público, y aunque parecía limpio no podía estarlo por completo, ¿por quién me habéis tomado? Hace diez años me habría bastado con un beso suyo, o con pasear de su mano, pero ahora, en el baño de aquel pub, y mientras nuestros compañeros se pedían la penúltima copa a tan solo unos metros de allí, yo me contenté con ponerla de espaldas a mí y follármela con ganas, con las ganas acumuladas en una década y algo más. Y, tras acabar, y cuando por fin me atreví a regalarle un beso, el primero y último, pude comprobar que, efectivamente, Bea estaba guapa. Sobre todo ahora, después de correrse mientras yo la penetraba por detrás.

jueves, 9 de febrero de 2012

Noches etílicas. Por Clara Wolf.



Con pasos lentos, Ann se adentró en la bodega. Las viejas barricas de roble que eran sus silenciosos habitantes le dieron la bienvenida con un suave crujido ante el cambio de presión que su simple presencia provocaba en la húmeda atmósfera de la estancia. 

Avanzó por el estrecho pasillo, sus dedos se deslizaban por la madera de cada una de ellas, saludándolas en una caricia que las sinuosas vetas conocían muy bien. Era la caricia del deseo, de la expectación, de una anticipación que el tiempo no había logrado mermar ni un ápice. 

Su mano se detuvo en una de ellas, la elección estaba hecha. La barrica se estremeció en un miedo ancestral. Aquel tacto quemaba. Como siempre. Acercó la petaca al grifo y comenzó a llenarla con un gesto rutinario y ausente, repetido hasta la saciedad durante muchos años. El sonido del alcohol chocando contra las paredes de acero del recipiente era casi ensordecedor, aumentado cien, mil veces por el eco que el techo abovedado escupía contra sus tímpanos. Daba igual. Sus oídos se habían acostumbrado a esa reverberación, al igual que su cuerpo que simplemente se adaptaba y reverberaba al unísono. 

La barrica terminó de sangrar su contenido con un “plop” sordo y Ann la acarició una vez más, en agradecimiento y despedida. Segundos después cerraba la puerta tras ella, subiendo las escaleras que conducían al piso superior. La bodega volvió a su silenciosa oscuridad, y las barricas continuaron con su lento latir en un tranquilo compás de espera. 

Un intenso olor, mezcla de rosas y leña, dibujó una extraña sonrisa en sus labios, dilatando las aletas de su nariz incluso antes de abrir la puerta del dormitorio. La chimenea estaba encendida, y la bañera de cobre exhalaba un aliento humeante, la superficie del agua salpicada con el rojo furioso de los pétalos de las últimas rosas de la temporada. 

Gabriel estaba allí, apoyando un codo en la repisa sobre la chimenea, dos botellas de vidrio turbio colgando entre sus dedos, ya abiertas, y aquella media sonrisa llena de picardía danzando en sus labios, por debajo de la barba de tres días que siempre parecía estar allí, sin crecer ni desaparecer. Había aprovechado su visita a la bodega para desempolvar y colocarse de nuevo su vieja falda escocesa. Nunca llegó a acostumbrarse a la represión de los pantalones. Ann sonrió y se acercó a él, capturando sus labios un instante entre los suyos mientras dejaba la petaca sobre la repisa. 

—Pensé en traer hidromiel, pero creo que esta noche necesitaremos algo más fuerte. 

—Me resulta sorprendente la cantidad de alcohol que ese cuerpecito tuyo es capaz de soportar  —su voz sonaba grave y ligeramente divertida mientras sus dedos se cerraban alrededor de su cintura, arrugando la seda del vestido que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. 

—Y a mí me resulta sorprendente que aún te sorprenda después de tantos años  —su mano comenzó a escurrirse a lo largo del brazo desnudo de Gabriel, dibujando con la yema de los dedos el contorno de unos músculos que el paso del tiempo no había logrado difuminar. Con un mordisco a su labio inferior y una mirada casi infantil de travieso triunfo sus dedos se cerraron entorno al cuello de una de las botellas, llevándosela a los labios y cerrando los ojos mientras el fuerte sabor del cereal fermentado se deslizaba garganta abajo, en tragos interminables que acabaron con la mitad de su contenido. 

Ann no podía recordar la última vez que el sexo entre ellos no había estado bañado en alcohol. Tras aquella primera vez, en la que la generosidad de Geoff con el whisky había terminado con ambos colándose en una habitación privada y rodando desnudos por el suelo, la bebida había estado siempre presente, como el tercer elemento de un trío mutua y tácitamente aceptado. 

Gabriel la observaba en silencio, con el deseo y la comprensión de media vida en sus ojos, que aún continuaban deslizándose, casi sin querer, hacia la enorme cicatriz autoinflingida que se ocultaba tras el vestido, entre las curvas de sus pechos, descarada y palpitante, recordándole sin piedad que ella siempre estaba a un paso del abismo, con un pie atrapado en una oscuridad a la que él no tenía acceso y de la que sólo podía sacarla a empujones con las embestidas de sus caderas. 

Hizo el amago de llevarse la botella a la boca para iniciar el ritual, pero ella le detuvo, clavándole una mirada ya vidriosa. Volvió a inclinar la botella en sus labios y los cerró contra los de Gabriel, el licor escurriéndose por las comisuras de su boca mientras lo derramaba dentro de la de él. Gabriel consiguió tragar una parte, acallando con dificultad la tos que trataba de protegerle de ahogarse; la lengua de Ann ya había invadido su boca, explorándola, extendiendo el sabor agridulce de la mezcla del alcohol con su saliva. Pero él no estaba dispuesto a aceptar esa invasión sin más. Cerró el brazo alrededor de su cintura y la apretó contra él, su incipiente erección latiendo contra su vientre. Separó su rostro del de ella unos centímetros, lo suficiente para permitirle acercar el cuello de la botella a su boca y derramar, lentamente, un poco más de alcohol sobre sus labios entreabiertos, entre los que ya asomaba su lengua tratando desesperadamente de recoger hasta la última gota que él dejaba caer. Gabriel lamió esa lengua ávida, succionándola con un gruñido, dejando a tientas la botella sobre la repisa, deslizando la mano muslo arriba por debajo del vestido para alcanzar la humedad entre sus piernas, donde sus dedos empezaron a explorar los pliegues de su sexo con la habilidad que sólo da la experiencia. 

Ann gimió contra sus labios, sus sentidos ya inmersos en una nube etílica que la arrancaba de la realidad, guiándola a través de periodos de ausencia en los que parecía no ser consciente de nada a su alrededor. Esa dulce inconsciencia mantenía a raya a la oscuridad, llevándola a un lugar salvaje pero seguro. 

Una dolorosa presión en su interior le hizo abrir los ojos. Tardó unos segundos en darse cuenta de que su cara estaba contra la pared, y que el dolor provenía de las furiosas embestidas con las que Gabriel acometía sus caderas. Su vestido estaba tirado en el suelo, y sentía el cuerpo pegajoso. Entre gemidos, y con los ojos medio cerrados, trató de recordar… la imagen de una boca sedienta bebiendo los charcos de una lluvia de alcohol sobre su piel fue lo único que su nublada mente pudo conjurar antes de que las oleadas de un orgasmo incontrolable la hicieran morderse los labios hasta sangrar, temblando con violencia. A su espalda pudo escuchar un gruñido ahogado (¿y quizás con un tinte de angustia contenida?) seguido por un “¡joder!” mientras sentía la calidez de Gabriel derramándose en su interior. 

Tratando de recuperar el aliento, Gabriel se inclinó hacia delante, apoyando el pecho contra su espalda desnuda, susurrando palabras tiernas y maldiciones mientras recorría la piel de su hombro a besos. Ann cerró los ojos con una sonrisa a medio camino entre el dolor y el placer, sus sentidos bruscamente agudizados por la certidumbre. Con la misma certidumbre, Gabriel le acarició el cabello, y suspiró. 

Esa noche volvieron a hacer el amor en la bañera, como siempre, mientras el agua, ya tibia, lavaba el alcohol de su piel. Volvieron a correrse en un orgasmo lento, como siempre, alejados ya de la urgencia por ahuyentar la oscuridad. Se besaron largamente frente a la chimenea, mientras se secaban al calor del fuego, Gabriel abrazándola desde atrás, con las manos vagando ausentes sobre la cicatriz y las curvas de sus pechos, y Ann refugiándose perezosa en sus brazos, como siempre. Charlaron mientras se terminaban todo el alcohol de la habitación. Como siempre. 

Agotada, Ann entrelazó sus dedos con los de él, apretándolos, y cerró los ojos. Gabriel se llevó su mano a los labios, besándola, y cerró los ojos. 

Al minuto siguiente, el corazón de Ann dejó de latir, y ella de respirar. Gabriel recogió ese último aliento de entre sus labios para exhalarlo junto al suyo. 

En la bodega, las viejas barricas de roble crujieron su duelo. 


En algún lugar, dos pares de ojos observaban la muerte de su creación, mirando las pantallas de sus respectivos ordenadores con la terrible certeza del que sabe que ya no hay vuelta atrás. 

“Teníamos que hacerlo” tecleó él. 

“Lo sé” tecleó ella. 

“Esto no podía continuar, lo sabes. Mi mujer nunca lo entendería. Nunca más podría hablar contigo. Sabes que a pesar de la distancia eres mi mejor amiga”

“Lo sé” 

“Vamos, al fin y al cabo esto no es más que un juego. Ellos eran nuestros personajes, creaciones de nuestra mente, y allí seguirán vivos mientras los recordemos” 

“Lo sé” 

“Tengo que marcharme, me esperan para cenar. ¿Hablamos mañana?” 

“Claro” 

“Cuídate” 

“Tú también”

Él cambió su estado a “desconectado”. Al otro lado, a miles de kilómetros de distancia y con un océano de por medio, ella lloraba en silencio. Llenó de nuevo la copa que había sobre su mesa con los escasos restos de ron que aún quedaban en la botella tras esa larga noche. Cerró los ojos, y se lo bebió de un trago. Apagó la luz, y se dejó abrazar por la oscuridad.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Lisboa. Por Ecna Garhu.




Miradas. Hasta ahora todo se había reducido a eso. Miradas de esas que te desnudan por completo y hacen contigo lo que quieren. A veces pueden resultar hasta incómodas, y solo te queda poner media sonrisa idiota sin saber qué decir. Otras veces resultan irresistibles y te vuelves loca, buscándolas y esperando más.


Coincidimos en el café, cada uno en una mesa. Se dirigió a mí con una conversación cualquiera. Tan bonito este hombre, interesante y… mayor para mí, divagaba mientras hablábamos. Más respetuoso y educado imposible. Con sus palabras. Porque sus miradas decían siempre otra cosa, ese primer día y en todas las incontables ocasiones que nos encontramos en el mismo lugar.


Nunca mencionamos nuestras vidas. Simplemente estábamos ahí, en apariencia solo hablando, del tiempo, sí, de la noche, una noticia… era suficiente. Como estar en casa, sin esfuerzo alguno. Pero tras la apariencia había algo más. Algo que solo sabíamos nosotros, nuestras miradas y los silencios. Con eso me parecía que bastaba, pero me equivocaba.


Un día apareció acompañado, con amigos, un hermano y… su mujer. Sí, ahí estaba su esposa. Una mujer hermosa y altiva con la que mantuve una charla cinco segundos más allá del saludo. Hacía pocos días había sido fin de año y él me felicitó con un abrazo. Un poco paternalista, pero tan rico que pareció durar una eternidad. La eternidad que aparece cuando toda tu piel se eriza y reclama satisfacción. Después cada uno a su mesa, yo solamente acompañada por su mirada. Qué descaro de hombre, nunca mencionó que estaba casado. ¿Qué estoy haciendo?; y… ¿en qué estoy pensando? Quizás es el momento de dejar de venir… Bla, bla, bla, mi cabeza no se callaba. Pero mi cuerpo nunca quiso escuchar lo que mi mente decía y seguí volviendo una y otra vez, inundada de deseos insanos.


Y una tarde ocurrió. No sé qué marcó la diferencia, pero ocurrió. Me levanté, crucé el café y entré en el baño. Me detuve un momento frente al espejo y lo vi aparecer en él detrás de mí. Una expresión de éxtasis en sus ojos, pero su cara impasible. Se acercó, puso su mano en mi cuello, su boca en mi pelo. Ni una palabra; con todo el derecho y sin permiso me agarró del brazo y me condujo a uno de los baños. Me besó. Me besó. Le besé. Interminablemente. Como la sed de una vida entera, que bebe sin hartura. Nuestras manos sabían lo que tenían que hacer, sin perder el tiempo. Deshaciéndonos de todo. De la soledad. De las reglas. Del mundo. Solo lo necesario entre mis piernas…


De despedida mi frente en su cuello descansó un momento y, con un maullido en mi interior, nos separamos. Volvimos y vestimos nuestra alma. Se acabó el descanso. De vuelta a la realidad.


¿Cómo se puede renunciar a lo único que te hace sentir viva? Elijo vivir, y no necesito más que volver al café.

miércoles, 25 de enero de 2012

Ley y moral. Por Víctor Miguel Gallardo Barragán.




Casi no hemos tocado las cervezas. Nos miramos a los ojos, con la confesión todavía flotando entre nosotros. Me sostienes la mirada un segundo, después ladeas la cabeza, fijas tu atención en un lateral y sonríes. ¿Acaso no esperabas escuchar algún día lo que te he dicho? Porque yo sí, yo había imaginado mil veces tus palabras. Tal vez no así, tal vez de mil maneras distintas aunque parecidas.


No me importa. Has dejado tu mano demasiado cerca de la mía, sobre la mesa, junto a las aceitunas, y yo me apresuro a tocarte. Tú no te mueves, te limitas a dedicarme esa mirada tuya de “no lo hagas, pero sigue”, y yo te obedezco y jugueteo con tus uñas y tus nudillos, y digo algo que enseguida olvido y que puede significar cualquier cosa, desde un “te quise para mí desde que te vi” a un “sólo quiero follarte una vez”. Ya hemos roto la barrera, y ya sabemos, aunque asistamos incrédulos a este simulacro de representación teatral mal dramatizada, que lo hemos jodido todo, que pase lo que pase acabamos de cambiar las reglas del juego, a peor. Será imposible volver a quedar, alegremente, como dos amigos que quieren compartir unas cervezas y un rato de charla, sin más. Ya no podré volver a llamarte sin ningún motivo en concreto, sólo esperando escuchar tu voz, haciendo bromas estúpidas sobre el tiempo que hemos pasado sin vernos, sobre las borracheras que nos debemos. Sobrará todo, en especial las preguntas sobre tu chico, el trabajo de tu chico, el coche de tu chico, la afición al aeromodelismo de tu chico, que maldita sea lo que me importaba, importa e importará. Tú tampoco podrás preguntarme en el futuro por mi novia, sería igual de cruel, de innecesario, de hipócrita, ahora que has abierto la boca, envalentonada por mis palabras, para martillear mi cabeza con frases que no olvidaré hasta la tumba.


Si las cosas fueran distintas dices, y yo asiento y trago saliva. Si las cosas fueran distintas, pequeñaja, yo ahora estaría de pie, levantándote en volandas, en vez de estar aquí sentado con la lengua rígida y la mano derecha sobre tu izquierda. Noto la erección que llega y río mentalmente, porque si las cosas fueran distintas te estaría empujando al callejón que hay tras el bar. Conozco un portal tan oscuro como todos los deseos que he ahogado desde que te conocí. Tiene la cerradura rota, tan rota como mi estómago ahora mismo, tras ella podríamos tocarnos a destiempo y de la manera más torpe que se nos ocurriera hasta aburrirnos de su penumbra. Allí yo podría morder tu lengua y tú podrías abrazar mi cuello.


Si las cosas fueran distintas, claro.


Son cosas que pasan y la manida frase sale, por fin, de mi boca, y no me arrepiento porque, por una puta vez, es la verdad. Son cosas que pasan, pero igual estoy loco por tus hombros, y por tu pelo, y por la graciosa forma que tienes de doblar la nariz cuando te gasto bromas de mal gusto. Tu manera de hablar, tu acento, me provoca, se me aparece en sueños una voz con distinto timbre pero gemela a la tuya que me genera certeras pasiones que mojan mis sábanas de cuando en cuando.


Miro tu cuello, y luego tu boca. Y me quedo ahí un instante, fija la vista en la transición entre tus labios y tus dientes, tu lengua apareciendo y ocultándose cada poco. Vuelvo a tu cuello moreno, e imagino lamerlo, besarlo, morderlo, en tardes de siesta o madrugadas de insomnio, ebrios tras tanto tiempo de forzada distancia y sexo con otras personas. Mi mano sigue acariciándote, y tú me devuelves el roce. Nos sudan las palmas, y la humedad se mezcla, se convierte en algo íntimo que nos une más de lo que jamás hemos estado.


No sabemos lo que pasará mañana murmuras, y sonrío para mis adentros. Qué estupidez plena el confiar en que un cataclismo nos arrancará de nuestras cómodas posiciones, de nuestras vidas planificadas milimétricamente, para arrojarnos a los brazos del otro, a una vida en común con pequeños hijos morenos de ojos claros revoloteando alrededor de un perro grande y tonto, tú haciéndome café por las mañanas, yo llamando desde el trabajo para dejarte mensajes subidos de tono en el buzón de voz de tu teléfono. Vacaciones en la montaña con los cuñados, paseos en bicicleta por la ribera del Genil, tardes de cine y palomitas, facetas de un futuro juntos que, lo sabes de sobra, no va a llegar. No al menos si seguimos aquí sentados, mano sobre mano, esquivándonos las miradas de una forma más evidente cada segundo que pasa, cada vez más presentes las fantasmales figuras de nuestras respectivas parejas en los asientos libres de esta terraza de verano.


—Yo sólo sé que no quiero morir sin besarte y me maldigo por ser brutalmente sincero, tanto que retiras la mano y abres la boca sin emitir sonido alguno; y sé al instante que tú también lo has pensado, no ahora, sino docenas de veces antes, y que sabes de sobra que son cosas que pasan, sí, y que si todo fuera distinto ya nos habríamos besado mil veces antes de ahora, mi lengua conocería tus caderas y tu ombligo, y mis dedos no ansiarían explorar por primera vez tu sexo y subir a mi boca después para poder saborearte.


Casi no hemos tocado las cervezas. El plato de las aceitunas está virgen, tanto como nuestros pensamientos al sentarnos a la mesa, hace veinte minutos. Ya ni recuerdo quién sacó el tema de las oportunidades perdidas, de lo que pudo ser y no será; posiblemente fui yo, pero asisto incrédulo al final de la escena, a tu mutis por el foro, cuando te levantas y te despides, con tu voz sonando a algo que está a medio camino entre un “hasta luego” y un “hasta nunca”.


Estoy convencido de que todavía te veré mil veces más. Y también de que no te tendré jamás más que en mis pensamientos o en los tuyos.
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