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lunes, 4 de junio de 2012

Serial Killers. Por Víctor Miguel Gallardo Barragán.


Yo no sabía por qué estaba allí, por qué había querido estar allí. Reunión de antiguos alumnos, un eufemismo placentero para definir una lucha de varias horas entre el alcohol y los egos. Habían pasado diez años desde que nuestra promoción se graduó; éramos los mismos de entonces, pero de forma sutil también éramos diferentes. Quien más y quien menos había engordado o encanecido, no me refiero a eso: los cambios no estaban tanto en la superficie como en el interior de cada uno. Los caracteres, algunos, se habían agriado por el peso de una década de precariedad laboral y sueños deshechos en las espaldas. Los matrimonios habían hecho acto de presencia, y también la maternidad, aunque esta siempre por debajo de lo esperable dada la crisis económica que maniataba las esperanzas de ser padres de los más cautos. La treintena pesaba para unos y otros, para los que ya eran padres y para los que no podían permitírselo, e incluso para los que no se preocupaban por ello, y para todos la edad empezaba a ser una losa. Los casados miraban de reojo a los solteros, envidiándolos, y estos hacían lo propio con los poseedores de anillos de oro o platino, todos sujetos a las reglas de un juego estúpido que asemeja al cuento de la vaca y los prados más verdes de más allá del vallado.

Yo no, yo era feliz en mi inconsciencia, en mi devenir diario que asemejaba más al de un estudiante de dieciocho que al de un asalariado de treinta y tres. La litrona en el parque, el cine-club universitario, las escapadas a calas indómitas con amigos, todo parecía anclado en el pasado excepto yo mismo en mi continente, cada vez más calvo, cada vez más gordo, cada vez más satisfecho conmigo mismo y más cínico para con los demás. Pero seguía preguntándome por qué estaba allí, por qué había querido estar allí justo esa noche, rodeado de las tristes y ajadas sombras del pasado que eran mis antiguos compañeros de facultad, lo que quedaba de ellos.

Hasta que la vi entrar a ella en el pub. Fue entonces cuando recordé, sin asomo alguno de duda, que mis pasos habían sido guiados, desde el mismo momento en que recibí la invitación en mi correo electrónico y hasta que traspasé el umbral del bar con una falsa sonrisa de reconocimiento de oreja a oreja, por sus ojos, sus labios y su pelo, que me llamaban desde la distancia de aquellos diez años con la fuerza inhumana del amor no correspondido, del deseo insatisfecho.

¿Qué la guiaba a ella hasta allí?, me pregunté mientras, esta vez sí, sonreía de forma sincera y le estampaba en sus mejillas los dos besos de rigor.

Bea estaba guapa. Siempre había sido una chica guapa, guapa sin aspavientos, de esas ante las que no te giras en la calle. De las otras, de las que, en noches de borrachera con amigos, reciben tus ebrios mensajes de texto farfullando obviedades, pidiendo torpemente un poco de atención. “Me estoy acordando mucho de ti esta noche”, recuerdo que le escribí con mi móvil en una ocasión, cuando en el culmen del trinomio botellón-bar de chupitos-discoteca me descubrí pensando en ella y no en otra. “A ver si quedamos para tomar un café”, otro mensaje recurrente que ocultaba las verdaderas intenciones, las de tomar todos los cafés del mundo cada mañana del resto de nuestras vidas, juntos y arremolinados en torno a una mesa de cocina con tostadas recién hechas.

Bea estaba guapa y yo, al recordar todo esto, suspiré. “¡Amores de juventud!”, me dije, observando condescendiente a mi yo del pasado. Después de una década, Bea estaba guapa y yo más calvo, más gordo y mucho más seguro de mí mismo. Me gustaba el cambio.

De repente todos desaparecieron para mí. Aquello ya no era una reunión de compañeros de clase, sino una cita con Bea, una cita en la que el resto de la gente formaba parte de la morralla que en toda red de pescador aparece. No cabía la posibilidad siquiera de considerarlos como público, eran más bien el atrezo tosco, en algunos casos incluso desagradable, que algún chistoso dios había querido para nuestro reencuentro. Bea también pareció notarlo, y desde un primer momento, y tras haber saludado cortésmente a la piara de treinteañeros, buscó mis ojos con una súplica inaudible.

Guns´n´Roses sonando a destiempo en los bafles del local. Pasamos a una vieja balada de Roxette, y yo me acerco a ella, deposito mi copa cerca de la suya, y me intereso por su vida. Ella habla y habla, acercando mucho sus labios a mi cara. ¡Bendita música de los noventa, con sus altibajos portentosos! ¡Enhorabuena, deejay de baratillo, por atronarnos a conciencia! ¡Gracias, concejalía de Medio Ambiente, por no interferir en mi noche de gloria! Ella hablaba de la relación con su chico mientras sonaban Scorpions. De su trabajo mal pagado en una editorial mientras yo seguía el ritmo de Kula Shaker con los pies. Nos encaminamos a la segunda copa (ginebra yo, ron ella) al tiempo que aparecían los primeros acordes de los inefables U2. Cuando Blur, Oasis y Supergrass entraron a escena ya estábamos tan cerca el uno del otro que lo difícil era no tocarnos. Y, en las distancias cortas, ella seguía estando guapa, tan guapa como sólo una mujer de treinta y tantos puede estar.

La tercera copa llegó a nuestras manos, y ya no había marcha atrás. Yo dije algo inconveniente, algo que hizo referencia a mi enamoramiento de entonces y al deseo de ahora, y, sin dejarla reaccionar, di la vuelta y me fui hacia el aseo. Allí me tomé todo el tiempo del mundo mientras, fuera, sonaban más éxitos mustios de VH1. No las tenía todas conmigo, esa es la verdad, cuando abrí la puerta para enfrentarme a la oscuridad del local, encomendándome, yo, que no soy religioso, a todos los santos del almanaque; pero ahí estaba ella, apoyada en el quicio de la puerta del baño de señoras y con su ron a medio beber en la mano, mirando nerviosa alternativamente hacia la barra y hacia mí, como si quisiera cerciorarse de que nadie la observaba esperar. Yo me acerqué y ella abrió la puerta del aseo. Dio dos pasos a su interior y se volvió para sostenerme la mirada. No quedaba otra cosa más que recoger el guante, traspasar el umbral y cerrar la puerta tras de mí.

Entonces, hace diez años, yo jugué su juego. Ahora ella haría lo propio con el mío.

Bea dejó el cubata sobre el lavabo y, de espaldas a él, apoyó sus manos en el granito del que estaba hecho con los brazos muy pegados a su espalda. Avancé hasta ella y puse dos dedos en su cintura. Acerqué mi cabeza a la suya y, con la mano libre, aparté el pelo castaño de su cara.

—Sólo te tocaré cuando me lo pidas —le dije, acariciando con mis labios casi su oreja mientras que, contradiciendo mis palabras, mis dos dedos en su cintura se deslizaban unos centímetros hacia su espalda.

Ella no pestañeó, y yo tuve la certeza de que estaba segura de no llegar jamás a ese extremo. Volví a inclinarme hacia ella.

—Estamos en los lavabos de un garito para gente de nuestra edad, no seríamos los primeros en enrollarse aquí. Estoy seguro de que estas baldosas y estos azulejos han sido testigos de bastantes cuernos. Pero yo no quiero enrrollarme contigo. Ya no tenemos veinte años, ni estamos enamorados. Yo quiero follarte.

Mordí suavemente el lóbulo de su oreja, y ella puso instintivamente una mano en mi pecho. Yo di un paso hacia atrás, apartándome.

—No me has entendido, Bea. Llevo queriendo besarte desde la primera vez que te vi. Las clases ya habían empezado unas semanas antes, pero tú te habías matriculado a última hora, y encima llegaste a aquella troncal cuando ya había empezado la clase. Yo todavía no existía para ti, pero fue verte traspasar la puerta y pedir permiso para entrar con voz nerviosa y yo di un respingo en la silla. ¿Sabes por qué? —Bea ignoró que era una pregunta retórica y movió dubitativamente la cabeza— . Yo por entonces tenía novia, y quería ser fiel sobre todas las cosas. Ya llevábamos dos semanas de clase, y yo ya conocía al resto de compañeras, y estaba seguro de que no sentiría la más mínima atracción por ninguna de ellas, ni por las guapas ni por las menos guapas. Pero fue verte y supe que tú sí me podrías meter, si hubieras querido, en un embrollo. Y entonces, mientras caminabas hacia el final de la clase, que es donde te sentaste, yo no podía dejar de desear que fueras tonta. O que fueras una antipática. Pero no, no tuve tanta suerte, porque no eras ni lo uno ni lo otro. Y me enamoré de ti.

Bea se separó unos centímetros del lavabo, pero yo me abalancé contra ella, empujándola de nuevo contra él y hundiendo mi rodilla entre sus piernas. La levanté un poco con fuerza, incrustándola contra su sexo. Ella se estremeció.

—Entonces me hubiera bastado con un beso, con pasear cogido de tu mano, pero ahora quiero follarte. Y quiero que me lo pidas -señalé con la cabeza a la cisterna— . ¿Ves esa cañería? Me gustaría atarte las dos manos con mi cinturón, y pasarlo por ella. Y así, con las manos en alto, arrancarte la ropa, dejarte totalmente desnuda —volví a hacer presión con la pierna mientras que con una mano le acariciaba el cuello— y después sacármela y masturbarme unos minutos ante ti.

Bea echó la cabeza hacia un lado, evitando mi mirada y totalmente ruborizada. Yo la agarré del pelo y la obligué a volver a mirarme.

—Eso no sería todo. Te tocaría, vaya que si te tocaría. Tú seguirías atada, y yo te daría la vuelta contra la pared, separaría tus muslos y te la metería desde atrás, con una mano agarrando con fuerza tu culo y la otra pellizcándote los pezones. Te dolería un poco, pero te juro que merecería la pena, vaya que sí.

Metí una mano bajo su camiseta y la subí hasta encontrar el exiguo sujetador de algodón. Tiré de él hacia mí y descubrí un pequeño pecho y un pezón erecto. Lo sujeté con fuerza mientras volvía a morderle, esta vez con más fuerza, su oreja.

—Solo tienes que pedírmelo y te follaré. Te dejaré elegir dónde correrme, aunque yo creo que sé lo que elegiría —le susurré mientras mi mano dejaba el pecho y, sujetando la suya, la obligaba a agarrar por encima del pantalón mi pene henchido— . Creo que lo que más me gustaría sería, después de follarte unos minutos, subirme al inodoro y correrme sobre ti. Sobre tu pelo, tu cara, tus pechos, sobre toda tú, desnuda y atada a la cañería de la cisterna.

Bea sollozó, y yo aparté su mano y le desabroché el pantalón vaquero. Metí hábilmente una mano dentro de sus bragas, y mis dedos llegaron con facilidad a su sexo. Estaba empapado. Metí el índice y el corazón con suavidad en el interior de su coño, y Bea se abrazó a mí mientras se movía arriba y abajo, forzando la penetración.

—Fóllame, joder, fóllame.

No la até a ninguna cañería, ni la desnudé completamente. Era un aseo público, y aunque parecía limpio no podía estarlo por completo, ¿por quién me habéis tomado? Hace diez años me habría bastado con un beso suyo, o con pasear de su mano, pero ahora, en el baño de aquel pub, y mientras nuestros compañeros se pedían la penúltima copa a tan solo unos metros de allí, yo me contenté con ponerla de espaldas a mí y follármela con ganas, con las ganas acumuladas en una década y algo más. Y, tras acabar, y cuando por fin me atreví a regalarle un beso, el primero y último, pude comprobar que, efectivamente, Bea estaba guapa. Sobre todo ahora, después de correrse mientras yo la penetraba por detrás.

lunes, 28 de mayo de 2012

Profundidades. Por Clara Solano.



Me desperté húmeda, como si me hubiera acostado encima del cubata que no derramé ayer antes de echarme a dormir. Luces, sombras, claroscuros, rincones y trampas de la imaginación me llevaron anoche a descargar toda mi libido sobre las amoratadas puntas de los penes de varios de mis amigos.

Había dormido todo este sábado para poder salir despejada por la noche y poder aguantar hasta la madrugada. Otra vez había quedado con Moni. Me dijo que me iba a dar una sorpresa… y así fue. En estos instantes aun siento los espasmos del último orgasmo que recuerdo.

Mi primera idea fue pensar que la gente de aquella fiesta no era más que una banda de niñatos aburridos, cansados de haber probado todo y deseosos de nuevas experiencias… pero mi idea cambió en cuanto apagaron la música. Nos tumbamos todos en una serie de colchonetas para hacer yoga. A los pocos instantes empezó a sonar una música muy lenta, suave, tipo new age. Alguien nos daba instrucciones: “inspirad-expirad-inspirad-expirad”. En cada inspiración el ritmo se iba acelerando. Yo me sentía cada vez más mareada.

Poco a poco iba notando que se me rompían mis fronteras, me separaba de mí misma. Oí que alguien decía que nos quitáramos la ropa… no tuve ningún reparo, al revés, incluso fue una bendición… me sentía libre, sin ataduras artificiales pegadas a mi cuerpo. El director de la fiesta aceleró aún más el ritmo de la respiración hasta que de repente nos obligó a parar.

En este instante no me pertenecía. Me levanté, vi que otros también estaban de pie moviéndose, acariciándose, saltando sobre sí mismos. No podía controlarme. Inicié mi ritual masturbatorio íntimo pero esta vez delante de todos. Me agaché, abrí las piernas y empecé a acariciar mi clítoris solo con la palma de la mano. Cuando sentí las primeras gotas cálidas sobre mi mano, como siempre, me introduje el dedo pequeño entre los labios de mi vulva, haciéndolo girar hacia uno y otro lado, aleatoriamente… como a mi más me gusta.

No me percaté en ese momento de que alguien me estaba acariciando el ano circularmente. Me relajé y me abrí aún más. Sentí los dedos de mi amigo dentro de mi espalda. Sin darme cuenta de nuevo, otro amigo estaba manipulando su pene delante de mi cara… me abalancé como una posesa hacia él. Le lamí hasta que el chico me dijo basta.

Para ese momento los dedos se habían convertido en pene… dos penes. Me relajé todavía más y me abrí lo máximo que pude. Brinqué, salté intentando hacer explotar los testículos de mis amigos. Me sentía libre… volaba, viajaba por aquellas nubes que siempre veía en otoño al atardecer en mi barrio. Gritaba, gemía al haber entrado en contacto con mi ser espiritual, con mi yo verdadero. Me sentía poseída por mí misma.

Creo que todos sentimos nuestras más íntimas profundidades… todos viajamos al centro de nuestro ser, donde no hay límites; donde el reflejo de nuestras vidas pasadas queda incrustado como pequeñas esquirlas de cristal. Aún sigo sintiendo todos los penes, todos los testículos, las manos… de aquellos seres volátiles, descarnados, sin pellejos superfluos. Perdonadme… voy a vestirme.

viernes, 4 de mayo de 2012

Un clásico. Por Arancha Alba.


Ya estaba muy harta. Salí corriendo de la oficina, tan rápido que me dejé la chaqueta, pero lo que menos me apetecía en ese momento era volver. La estaba echando de menos, pero no iba a meterme allí otra vez aunque el frío no fuera agradable y la nubes advertían lluvia y algo más.

Vale que la crisis no estaba poniendo las cosas fáciles, pero que se aproveche la situación o se use como excusa para todo... Ya era demasiado: que si te agobian, que si recorte por aquí, por allí, que si hay que producir, que si la eficiencia… ese día fue el colmo. Y quise escapar.

Además el trabajo era solo una “muestra”, una parte. Socialmente hablando la cosa está tensa. Discutes en casa, en el bar, en el autobús, en la calle, la gente enferma, el paro... ¡Todo el mundo, a lo suyo! Pero con amargura y saña. Nada parecía salir bien, nada. Nada.

Llegué a la parada por inercia. Cuando levanté la vista del suelo me di cuenta que allí había más gente que en la guerra y que iba a ser difícil entrar en el autobús. Ya se sabe que en cuanto caen dos gotitas parece que la gente sale de debajo de las piedras y todos queremos coger algún transporte que te lleve seco a casa. Aunque en ese momento no llovía, la cosa se ponía cada vez más fea. Sopesé la situación, y con el lamentable estado de ánimo que tenía lo menos conveniente era aguantar los empujones, los olores y los humores de tanta gente desconocida apiñada. No… No.

Así que salí de aquella desigual cola y arrastré los pies por las calles, con la cabeza fija en el suelo, sin rumbo fijo y con los ojos húmedos por la incipiente llorera que produce la tensión acumulada que estalla.

Los pasos se fueron haciendo más rápidos, tanto como los pensamientos. La tensión se convirtió en rabia y la necesidad de estar sola me llevó a aquella zona residencial tan tranquila. De pronto se puso a llover a mares, como si no hubiera llovido en la vida. El problema era que aquel barrio era muy tranquilo y no había ningún sitio donde guarecerse: ni paradas, ni salientes, y mucho menos balcones, ya que los chalets de lujo nunca dan a las aceras, claro está.

Qué otra cosa podría ser peor, sin chaqueta, sin lugar donde esconderse… estaba tan frustrada que me quedé al borde de aquella acera sintiendo cómo la lluvia empapaba mi cara, mi pelo y mi ropa. Y una vez más huí, y para colmo de males, empapándome, sintiendo cómo la ropa se pegaba a mi piel y me calaba poco a poco hasta dentro.

Lo que no recuerdo bien es cómo llegué a aquella puerta. Solo recuerdo que la empujé y que se abrió. Ahora lo pienso y podía haber habido un perro malhumorado tras ella y dejarme como un cristo. Pero entré en su jardín, recorrí el camino empedrado hasta la puerta y llamé.

Casi al momento se abrió. La abrió él mismo. Su cara tenía una expresión entre la sorpresa, la pena y la incredulidad. Desde luego mi estampa debía ser lamentable, empapada hasta los huesos, el pelo chorreando literalmente, los ojos hinchados de llorar… ¡Menudo panorama! No sé ni cómo abrió.


La verdad es que nos habíamos visto poco. En realidad es amigo de un amigo y alguna vez habíamos coincidido en alguna salida. Era, y es, un tío interesante, con una edad interesante y una cuenta corriente… interesante… tanto como su conversación. Una educación de caballero y un aire de familia con abolengo… y hasta donde sabía, un soltero de oro.

Nos caímos bien desde el principio y había feeling, mucho feeling. Habíamos caído en el juego de las miraditas: yo te miro cuando no me miras, hasta que me pillas y retiro la mirada… y luego te pillo mirándome y retiras la mirada tú…


Si mis pies me habían llevado hasta su casa, fue porque me había invitado a una fiesta allí... y ellos querían volver. Y allí estaba mirándole sin saber qué decir. Sólo pudo dejarme pasar e intentar averiguar qué había pasado.

El chalecito era un lujazo. Los suelos de madera, en un principio, parecían crujir bajo mis pies, pero me di cuenta al tercer paso de que estaban perfectos, el problema eran mis zapatos que estaban tan empapados que sonaban “chof” al andar. Con vergüenza me los quité mientras él me conducía a un salón aledaño donde una acogedora chimenea ardía.

—Pero, ¿de dónde sales? ¿Cómo te has puesto así? Los paraguas existen. ¿Cómo no me has llamado antes? —me sometió a un lógico tercer grado frente a la chimenea.

—Bueno… es una larga historia… Gracias por dejarme pasar, ya no sabía… esto… la verdad es que no sé ni cómo he llegado aquí, pero… la puerta estaba abierta y yo… perdóname… no sé… no es un buen día hoy… —sencillamente no sabía qué decir.

—Vale. Tranquila. Traeré algo para secarte. ¡Estás empapada! Caliéntate un rato en la chimenea. Has tenido suerte, hoy la he encendido —su tono de voz había cambiado. Ahora ya no había sorpresa, ahí estaba ese tono de seguridad varonil que tanto me gustaba de él, y de alguna manera me tranquilizó. Mientras salía del salón, empecé a disfrutar del calor de la chimenea.

El fuego calentaba con fuerza. Cuando ya no podía más cambiaba de lado y podía sentir el frío de mi ropa empapada pegada con saña a mi piel. Se diría que acaba de salir de un concurso de camisetas mojadas ¡pero con toda la ropa, toda! ¡Y sin chaqueta! Me avergoncé. ¿Qué estaría viendo este buen hombre a través de mi ropa? Tendría que tener los pezones como vitorinos por el frío. De espaldas a la chimenea vi el sillón que estaba ocupando antes de que yo llegara, con su vaso a medio terminar en una mesita a su derecha, y pensé en cómo me vería desde allí… y dejé volar la imaginación…

A los pocos segundos volvió con una manta en la mano y me asusté al salir de repente de aquel cálido pensamiento.

—No te asustes, te traía una manta, pero veo que tal y como estás… —sus labios parecieron templar por un momento al acercarse— mejor entras al baño, te secas y me dejas tu ropa para que se seque. Ven… —dudó por un momento—. Si no te importa claro.

—¿Eh? No, no. Claro, será mejor, sí...

Podría sentir, aun sin mirarle, que me estaba clavando los ojos. Estaba tan avergonzada por todo que no me atrevía a subir la mirada del suelo. Cogí la manta y le seguí hasta el baño, y al llegar al pasillo cayó el primer trueno y la lluvia se intensificó tanto que parecía una catarata tras las inmensas cristaleras de la casa.

—Espero que no tengas miedo a los truenos… —dijo con tono pícaro. Yo solo acerté a sonreír nerviosamente. Encendió la luz y me dijo—: Este es el baño, aquí encontrarás todas la toallas que quieras, y si te quieres duchar hay de todo. Estaré en el salón.

Sola en el baño me sentí mucho más tranquila una vez que eché el cerrojo. Era una estupidez porque él siempre me hacía sentir tranquila… segura… pero suspiré de alivio al verme sola.

Me quité la ropa y preferí darme una ducha de cuerpo rápida. Pensé que sería más eficiente para quitarme el frío que se me había metido hasta los huesos y así ya podría darle un agua a mi ropa interior que si era verdad que la iba a coger para secarla... bueno, la llevaba todo el día puesta...

Me costó lo indecible quitarme la ropa mojada, en algún momento creí que la blusa se me iba a romper al intentar separármela de la piel, y lo de los pantalones… bajármelos tan pegaditos como los tenía fue todo un ejercicio que pareció ser hasta sensual por lo despacito que se desplazaba la ropa sobre mi piel.

La ducha caliente me libró de algo más que el frio, me libró de complejos y me restableció la circulación. Según me untaba despacio por todo el cuerpo de un crema de un delicioso olor que descubrí por allí, empecé a pensar en mi anfitrión… olía como siempre a alguna cara colonia fresca para hombre. Vestía clásico, pantalón, camisa y pañuelo, todo impecable y todo a medida. Para ser ya madurito la verdad es que tenía una bonita figura y la camisa blanca le resaltaba sus hermosos ojos claros. A esas alturas la suave toalla que quitaba el exceso de agua y secaba mi cuerpo pareció convertirse en una mano que me recorría; ansiaba que fuera la suya, y el ritmo fue haciéndose más lento según subía hacia el interior de mis piernas. Sentía en ese momento como todos esos cruces de miradas y todo ese feeling se convertía en algo real… y físico… y se fue la luz.

Se oyó el trueno más grande que he oído nunca. Me llevé un susto de muerte y la luz se fue. Estaba sola, ciega y desnuda en mitad de un baño que no conocía, en una casa que no conocía. A tientas encontré la manta, grande, esponjosa, caliente y acogedora, que no había probado hasta ese momento, y a su abrigo busqué, ahora, la seguridad en el exterior.

Efectivamente la luz se había ido, y parecía que en todas partes. El pasillo era algo oscuro, pero a través de las puertas abiertas no parecía llegar ninguna clase de luz, así que deduje que se había ido la luz de toda la zona. Me llamó la atención una puerta por la que salía más luz entre rayo y rayo. Era la que daba a un enorme salón de techos muy altos, todo lleno de librerías y cuadros de gente que parecía de rango y abolengo. O al menos eso parecían dejar ver los cada vez más numerosos rayos. En realidad aquella biblioteca debería ser un hall de paso, ya que hasta allí llevaban las escaleras. El techo era alto, porque a esa sala daban las barandillas de los pasillos distribuidores de las habitaciones del resto de los pisos. Desde aquellos pasillos se podía disfrutar de unas enormes cristaleras, pero al nivel de suelo había una pared que guardaba estanterías con montones de libros. Una tupida alfombra y una mesa de redondeadas esquinas y aspecto sólido completaba la decoración, junto a unas sillas de respaldo alto, que pegadas a la pared esperaban ser usadas pacientemente.

Protegida por la manta, y absorta de pura curiosidad, no me di cuenta que él estaba bajo el marco de la otra puerta. Solo miraba. Fijamente. Llevaba algo en una mano, como ropa, y la otra metida en el bolsillo. Dio un paso y dejo lo que llevaba en una de las sillas, y siguió avanzando, muy poco a poco sin dejar de mirar. A los pocos pasos estaba tan cerca que podía olerle, pero ya no podía dejar de mirarle. Di un paso atrás, y me encontré con la mesa que me flanqueaba el paso. Estaba encerrada.

Los relámpagos dejaban ver su rostro serio, atractivo y de mirada intensa. Aunque no le viera en la oscuridad entre relámpago y relámpago, sabía que seguía igual. Entre él y yo parecía existir un vacío lleno de la misma electricidad que soltaban los rayos en cada descarga. Tensión. Tensión sexual. Grande, tan grande no que hacían falta palabras. Rompí la fijeza de su mirada sobre la mía cuando me senté en la mesa abrí la manta y me tumbé sobre ambas, desnuda, esperando conseguir el calor de su cuerpo.

Un segundo. Tardó un segundo en cogerme por las caderas. Le miré a la cara y seguía mirando, serio, sin cambiar el semblante. Quise atarme a él rodeándole con mis piernas, y se zafó, abriéndome las piernas más aún. Noté que la mano que había soltado de mi cadera empezaba un suave y ligero recorrido por la parte interior de mis piernas. Llegó a la vulva, la inspeccionó, húmeda como estaba ya hacía rato, desde el baño, y sentí el placer de la tensión liberada y el de una mano experta haciéndose valer en mi clítoris. Gemí y ansié algo más, retorciendo entre mis manos la manta.

Dejo de jugar con mi clítoris y mis labios solo para bajarse la cremallera. Sonido que logré escuchar con regocijo entre los truenos y la fuerte lluvia, o me lo imagine, quizá, pero su pene sustituyó a su mano jugando plácidamente y despacio. La ansiedad llegó a niveles históricos cuando intenté abrazarle, de nuevo, atarme a él, sentirle más cerca, desabrocharle la camisa para sentir su piel sobre la mía, y me rechazó. Me quitó las manos de su brazos y las piernas de alrededor de su cadera. Le miré a la cara, tenía una expresión severa, que endurecía aun más la luz de la tormenta. Jadeando de ansiedad, mirando su cara, agarró aun más fuerte mis caderas y entró… entró fuerte, duro y de golpe. Al nivel de humedad que había a esas alturas entre mis piernas no me dolió, en absoluto, pero el envite me hizo soltar el aire de los pulmones con un sonoro gemido.

Los truenos, los relámpagos y el sonido de la lluvia ponían banda sonora a nuestro encuentro sexual, mientras mis manos tenían que conformarse con retorcer la manta, pues mi anfitrión, serio y dominante, se excitaba haciéndome desear su cuerpo, mientras me penetraba arrítmicamente, unas veces fuerte y rápido y otras desesperantemente lento. Gemía bajo su dominio, mezclando mi voz con la del azote de la lluvia sobre los cristales.

Cuando el clímax llegaba a su máximo empujé mi cadera sobre la suya rompiendo su ritmo, y quiso atarme aun más cogiéndome de un hombro para que me estuviera quieta pero ya era imposible. Su mano bajó por mi hombro, siguió bajando hasta mi duro y erecto pezón... y su fachada de hombre duro y expresión severa se vino abajo.

Primero vino una penetración honda y profunda, luego su peso, por fin, sobre mi cuerpo, y cuando su boca se puso a la altura de mi oído dijo en el susurro de un gemido:

—¡Me vuelves loco!

El orgasmo no se hizo esperar. Mientras me comía con la boca y me recorría con las manos me alargaba el clímax. Me abracé a él para vengarme por todo lo que me había hecho desear y esperar. De mi boca bajó al cuello, siguió por el pecho y llegó a mis aún más endurecidos pezones, que lamió y mordisqueó a su gusto y placer, con ansiedad y maestría. Por un momento sus gemidos y los míos se mezclaron y completaron la música de allá fuera… Había tormenta fuera… y dentro.

El seguía en su orgía por mi cuerpo flácido después del orgasmo. Resistía las potentes embestidas sin poner la menor resistencia. Lo que antes no podía darle por la ansiedad se lo estaba regalando en ese momento sin querer. Estrechaba mis manos ahora que no agarraban la manta. Mordía mi boca que ya no gemía. Agarraba mi pelo cuya cabeza no se resistía. Y gemía su excitación en mi oído, que tomaba nota de todo lo que escuchaba, mientras mi nariz disfrutaba tranquilamente de su olor.

Cuando se corrió, lo pude sentir dentro de mí. Explotó ansiosamente. Me abrazó tan fuerte que creí que me iba a romper. Me dijo de nuevo que lo volvía loco y me impuso un beso como el que pone una medalla. Y luego siguió por mi pecho. Y me dejé condecorar… todo el cuerpo.

Aún teníamos la respiración agitada cuando me dejó incorporarme. No había salido de dentro de mí, lo hizo despacio y me ayudó a taparme y a bajar de la mesa. Se acercó a una de las sillas y me dio algo:

—Es un pijama, te lo había traído para que te lo pusieras mientras se secaba tu ropa. ¿Está en el baño verdad?

—Sí. Está sobre los radiadores —aclaré.

—Mejor que la pongamos frente al fuego, si sigue el apagón no sé cuánto durará el calor de los radiadores. ¿Aún tienes frío?

—Bueno… un poco… —sabía que era una pregunta retórica. Su intención era llevarme cerca del fuego en el salón. Estaba bastante calentita entre sus brazos dentro de la manta.

Me dejó en el salón con el pijama en la mano y fue a buscar mi ropa. Cuando regresó me había puesto la parte superior de su pijama, que me inundaba de su olor, y me había tumbado en uno de los sofás grandes tapándome con la manta. Me quedé dormida por el agotamiento del día mientras miraba colgar mi ropa frente al fuego sobre la rejilla protectora que había retirado para usar de tendedero improvisado.

Al cabo de un tiempo indeterminado abrí un ojo medio dormida todavía y le vi en su sillón, mirándome dormir, con un vaso en la mano. Y caí de nuevo en el reino del sueño, soñando con él. Cuando desperté era de madrugada. Seguía en su sillón de orejas, mirando. Me incorporé a medias y le pregunté la hora. Era muy tarde y tenía que volver a casa.

—No te vayas, quédate conmigo esta noche. Mañana te llevaré al trabajo —propuso. Y al mirarle a la cara vi de nuevo esa mirada. Seria. Severa.

—Vale —acepté. Por nada del mundo el “Señor Clásico” podría dejar a su “Damisela” sola. La tenía que acompañar, cual caballero.

Pero aquella mirada no desapareció con el “vale”. Seguía allí. Sin bajar la guardia. Así que me levanté, me encaminé despacio hasta su sillón y me senté a horcajadas sobre él frente a frente. Empecé besándole despacio la boca; luego le abracé fuerte sobre mi pecho, revolviéndole el pelo, sintiéndole entre mis dedos. Después me embarqué en la cruzada de su camisa, botón a botón. Por cada botón que desabrochaba, le daba un beso húmedo como regalo. Cuando acabé con todos baje al cinturón… Un botón, un beso más, la cremallera… aquello ya andaba duro… y muy caliente. Esta vez quería mandar yo, pero una vez más tomó el control agarrando mis caderas y jugando con mi clítoris con su pene duro. Yo le besaba y el jugaba conmigo por abajo. Jadeábamos de ansiedad juntos, hasta que yo le dije "¡Ahora! ¡ahora!". Y me clavó. Esta vez yo marcaba el ritmo, rápido y profundo, cogida de las orejas de su sillón. Arriba y abajo. El seguía agarrado a mi cadera, intentando lamer y morder mis pezones, que subían y bajaban frente a su cara.

Frenéticos. No paré, no paré un minuto por mucho que me abrazó, me agarró y me quiso frenar. Por fin tenía su calor y el roce de su piel contra mi cuerpo. Era una orgía de sensaciones que ya la tormenta, que había cesado, no me impedía disfrutar, ni robarme el sonido de sus gemidos, ni el de los míos. Estábamos solos y todo era para nosotros.

Al llegar el orgasmo el ritmo se volvió más agresivo y desesperado, la respiración más fuerte y el gemido desenfrenado, y cuando ambos terminamos yo seguía moviendo mis caderas como movida por la inercia.

Hasta que no pude más y una vez más le abracé sobre mi pecho como cogiéndome a una tabla en mitad del naufragio.

Se libró de mi abrazo, se levantó conmigo y me llevó escalera arriba, cruzando aquella biblioteca que hacía unas horas nos vio gozar el uno del otro, entre libros y cuadros de caras circunspectas que también miraban en su ceguera. Llegamos a su dormitorio, donde dormimos descansando como nunca, hasta que sonó el despertador. No me dijo buenos días siguiera. Me miró a los ojos y me soltó:

—Cuando pienses en un hombre, quiero que me veas solo a mí —y me besó.

—Buenos días —balbuceé sin saber qué decir.

Mi ropa ya estaba seca, y después de un nutrido desayuno me dejó en la puerta del trabajo. Quedamos para la tarde. Y aquí estoy. Removiendo mi café número mil del día, en el bar de enfrente dónde quedamos. Le veo entrar con su traje impecable a medida y con una rosa roja en la mano, desentonando con la cochambrez de este bar de barrio…

Cuando me ve, se acerca, me besa, me da la rosa y me dice: "Vámonos de aquí". Yo sonrío, me bebo de una vez mi mareado café mientras él paga la cuenta. Lo que se dice todo un clásico.

miércoles, 25 de enero de 2012

Ley y moral. Por Víctor Miguel Gallardo Barragán.




Casi no hemos tocado las cervezas. Nos miramos a los ojos, con la confesión todavía flotando entre nosotros. Me sostienes la mirada un segundo, después ladeas la cabeza, fijas tu atención en un lateral y sonríes. ¿Acaso no esperabas escuchar algún día lo que te he dicho? Porque yo sí, yo había imaginado mil veces tus palabras. Tal vez no así, tal vez de mil maneras distintas aunque parecidas.


No me importa. Has dejado tu mano demasiado cerca de la mía, sobre la mesa, junto a las aceitunas, y yo me apresuro a tocarte. Tú no te mueves, te limitas a dedicarme esa mirada tuya de “no lo hagas, pero sigue”, y yo te obedezco y jugueteo con tus uñas y tus nudillos, y digo algo que enseguida olvido y que puede significar cualquier cosa, desde un “te quise para mí desde que te vi” a un “sólo quiero follarte una vez”. Ya hemos roto la barrera, y ya sabemos, aunque asistamos incrédulos a este simulacro de representación teatral mal dramatizada, que lo hemos jodido todo, que pase lo que pase acabamos de cambiar las reglas del juego, a peor. Será imposible volver a quedar, alegremente, como dos amigos que quieren compartir unas cervezas y un rato de charla, sin más. Ya no podré volver a llamarte sin ningún motivo en concreto, sólo esperando escuchar tu voz, haciendo bromas estúpidas sobre el tiempo que hemos pasado sin vernos, sobre las borracheras que nos debemos. Sobrará todo, en especial las preguntas sobre tu chico, el trabajo de tu chico, el coche de tu chico, la afición al aeromodelismo de tu chico, que maldita sea lo que me importaba, importa e importará. Tú tampoco podrás preguntarme en el futuro por mi novia, sería igual de cruel, de innecesario, de hipócrita, ahora que has abierto la boca, envalentonada por mis palabras, para martillear mi cabeza con frases que no olvidaré hasta la tumba.


Si las cosas fueran distintas dices, y yo asiento y trago saliva. Si las cosas fueran distintas, pequeñaja, yo ahora estaría de pie, levantándote en volandas, en vez de estar aquí sentado con la lengua rígida y la mano derecha sobre tu izquierda. Noto la erección que llega y río mentalmente, porque si las cosas fueran distintas te estaría empujando al callejón que hay tras el bar. Conozco un portal tan oscuro como todos los deseos que he ahogado desde que te conocí. Tiene la cerradura rota, tan rota como mi estómago ahora mismo, tras ella podríamos tocarnos a destiempo y de la manera más torpe que se nos ocurriera hasta aburrirnos de su penumbra. Allí yo podría morder tu lengua y tú podrías abrazar mi cuello.


Si las cosas fueran distintas, claro.


Son cosas que pasan y la manida frase sale, por fin, de mi boca, y no me arrepiento porque, por una puta vez, es la verdad. Son cosas que pasan, pero igual estoy loco por tus hombros, y por tu pelo, y por la graciosa forma que tienes de doblar la nariz cuando te gasto bromas de mal gusto. Tu manera de hablar, tu acento, me provoca, se me aparece en sueños una voz con distinto timbre pero gemela a la tuya que me genera certeras pasiones que mojan mis sábanas de cuando en cuando.


Miro tu cuello, y luego tu boca. Y me quedo ahí un instante, fija la vista en la transición entre tus labios y tus dientes, tu lengua apareciendo y ocultándose cada poco. Vuelvo a tu cuello moreno, e imagino lamerlo, besarlo, morderlo, en tardes de siesta o madrugadas de insomnio, ebrios tras tanto tiempo de forzada distancia y sexo con otras personas. Mi mano sigue acariciándote, y tú me devuelves el roce. Nos sudan las palmas, y la humedad se mezcla, se convierte en algo íntimo que nos une más de lo que jamás hemos estado.


No sabemos lo que pasará mañana murmuras, y sonrío para mis adentros. Qué estupidez plena el confiar en que un cataclismo nos arrancará de nuestras cómodas posiciones, de nuestras vidas planificadas milimétricamente, para arrojarnos a los brazos del otro, a una vida en común con pequeños hijos morenos de ojos claros revoloteando alrededor de un perro grande y tonto, tú haciéndome café por las mañanas, yo llamando desde el trabajo para dejarte mensajes subidos de tono en el buzón de voz de tu teléfono. Vacaciones en la montaña con los cuñados, paseos en bicicleta por la ribera del Genil, tardes de cine y palomitas, facetas de un futuro juntos que, lo sabes de sobra, no va a llegar. No al menos si seguimos aquí sentados, mano sobre mano, esquivándonos las miradas de una forma más evidente cada segundo que pasa, cada vez más presentes las fantasmales figuras de nuestras respectivas parejas en los asientos libres de esta terraza de verano.


—Yo sólo sé que no quiero morir sin besarte y me maldigo por ser brutalmente sincero, tanto que retiras la mano y abres la boca sin emitir sonido alguno; y sé al instante que tú también lo has pensado, no ahora, sino docenas de veces antes, y que sabes de sobra que son cosas que pasan, sí, y que si todo fuera distinto ya nos habríamos besado mil veces antes de ahora, mi lengua conocería tus caderas y tu ombligo, y mis dedos no ansiarían explorar por primera vez tu sexo y subir a mi boca después para poder saborearte.


Casi no hemos tocado las cervezas. El plato de las aceitunas está virgen, tanto como nuestros pensamientos al sentarnos a la mesa, hace veinte minutos. Ya ni recuerdo quién sacó el tema de las oportunidades perdidas, de lo que pudo ser y no será; posiblemente fui yo, pero asisto incrédulo al final de la escena, a tu mutis por el foro, cuando te levantas y te despides, con tu voz sonando a algo que está a medio camino entre un “hasta luego” y un “hasta nunca”.


Estoy convencido de que todavía te veré mil veces más. Y también de que no te tendré jamás más que en mis pensamientos o en los tuyos.
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